Este eslogan (no discurso) tienes menos de una década y ha dejado de proclamarse dueño y señor de todo. Escondido en lo positivo, afirmaba negatividad, conflicto, antítesis. Reclamaba la indignación, tan famosa, como argumento irracional capaz de movilizar a las masas. Con gritos, pancartas y calles tomadas, se apoderó emotivamente del compromiso político de muchos. Quienes paseamos las calles entonces, pudimos ver una especie de patio de recreo enorme, a la espera de un comunicado que se fraguaba en cómodos despachos (no en tiendas).

Cuando Martha Nussbaum y otras grandes filósofas y filósofos, se adentraron en el mundo de los sentimientos (emociones) políticas, y las estudiaron a fondo, estaban a la zaga de un descubrimiento casi único en la historia de la humanidad, que reformularon dentro del complejo concepto “cuidado”. Allí no faltaba racionalidad, más bien todo lo contrario, y se alejaba reiteradamente el riesgo y peligro de las pasiones, entendidas al modo más clásico. Es muy interesante volver sobre textos que se escribieron al albur de ese momento, porque describen muy bien nuestra contingencia, y cierta esclavitud humana con el presente histórico, en el que vivimos como debiendo algo.

Hablar de democracia, y ya lo he escrito más de una vez, no es hablar de cualquier cosa, más bien al revés, tratamos con lo que nos supera, incluso en nuestra vida personal. No es una opinión, sin más, sino de un sistema exigente que, por su bien, debería obligar -no solo conceder derechos- a sus integrantes. La gran laguna de las democracias occidentales renacidas a partir de la segunda mitad del siglo anterior es, precisamente, su falta de vocación matriz de generar ciudadanos comprometidos, que ha derivado en masas agrupadas de personas displicentes.

El reconocimiento de la pluralidad es un paso predemocrático, muy lejos de la democracia. Y seguimos una y otra vez cantando sobre el concepto y dando vueltas a lo más evidente: somos personas, singulares y únicas. ¡Cómo no va a surgir, entonces, diversidad y diferencias! Es algo tan directo como “de Perogrullo”. No hace falta ciencia alguna para descubrirlo. ¿Seremos capaces de algo más? ¿O de algo menos? ¿Se hará de la comunidad un lugar de diferencias o de igualitarismos, de lugares abiertos o cerrados -comenzando por la palabra en público-?

A mis amigos más cercanos les dije en su momento, ante el auge de una cierta posición política extremista, que vendría la siguiente. El choque estaba asegurado, mientras nuestros hijos jugaban en casa al margen de todo esto.

Cuando se habla de pluralidad de grupos, pasamos a otro nivel. Ya no es vida, sino grupismos que luego termina consolidado en el sistema en partidismos. Peor aún, en la estúpida reducción de izquierdas y derechas, que masifica personas hasta el punto de polarizarlas cuando el espacio público termina domado (dominado) por los extremos a fuerza de latigazos, con sus noticias del momento. Leamos lo que han escrito muchas personas prudentes antes de nosotros, como S. Weil, sobre el tema.

La democracia surge y es viable en época de cierta madurez. Es decir, tomando la vida muy en serio. Para ello, un cierto conocimiento de la realidad y, sería deseable, mucha sabiduría. La democracia se asienta, como poder, en la razón. Ni un paso más allá. Una vez que abandona este terrero, de lo racional y maduro, se acabó todo su poder. Entonces empieza a aparecer la violencia, la dominación, la humillación del otro, ejercido en masa y dentro de un sistema, para que el sistema “legitime” (ojo con las leyes, que nacen de la humanidad en su tiempo, cuando no tienen ninguna perspectiva más allá de sí) lo que se “obliga a cumplir” y hacia dónde mirar.