El origen del libro de Unamuno, tan nombrado y tan poco leído, ni viene de su sabiduría, ni proviene de su experiencia y vida. Es la fisión explosiva de ambas, capaz de generar un mundo incomprensible a primeros lectores. Sin más. Quedará ahí, como ensayo que cuenta algo importante en terceras lecturas. Más allá de su figura histórica, socavando valientemente su propia biografía, con excesiva libertad de pluma, envidiable para quienes tecleamos.

Lo más duro de escuchar en este libro es la esperanza. No el relato de lo trágico, sino la esperanza que se duele de ser esperanza, que abriga lo que no posee racionalmente y no apaga el latido del corazón enfurecido con el tiempo y su tiempo. La tragedia no es lo que aparece en el escenario, no se teatraliza, no es lo de fuera, sino la vida con su descomposición y fin anunciado sin ser creído, sin ser aceptado. La tragedia es resistencia, conflicto y lucha, sin determinación. Queriendo tener, si no la última palabra, al menos una palabra seria y dicha a toda la humanidad. A toda, en su universalidad imprevista en Kant, como disonancia, sin deber alguno que cumplir por ser parte de un género y con un deber por vivir personalmente por mero hecho de ser individuo, sin ser parte de ningún género al que plegarse existencialmente. La esencia de nuestro género es la individualidad.

Invito a leer a Unamuno. Invito a leer. Leer como escuchar.

La “tragedia” es una palabra maltratada. El egocentrismo es su cerrazón principal.