Varios amigos han tenido a bien, por correo electrónico, whatsapp o teléfono, responder a mis opiniones sobre el IMV. Todos ellos muy inteligentes y gente buena, cada uno en su lugar. Algunos aplaudiendo y otros criticando el 100% (tal cual).

Amplio el asunto, porque da mucho que pensar:

  1. Historia. Esto, que para muchos ha pasado a ser un tema “reciente”, lleva décadas en la cazuela internacional y meneándose. Décadas, no años. En la base está la justa distribución de los bienes, afrontando una desigualdad que ha crecido de modo desproporcionado desde que se inició. En otro tiempo, en el tiempo de la sociedad que se estabilizaba como “sociedad del bienestar”, de la clase media que vivía de su trabajo, apareció esta propuesta: un mínimo común vital y universal. (En diversos encuentros, cada vez menos, este tema se discutía o salía a colación, normalmente entre gente bien situada y posicionada, socialmente sensible a los demás. Un intento de caridad, de urgencia en la respuesta. No se inició este asunto en momentos de crisis global, sino en tiempos de paz. Pero cuidado con usarlo fuera de otros contextos más precarios, cuando la población vulnerable puede volverse más dependiente y esclava de esta “buena propuesta fundamental”).
  2. En su fundamento está algo perverso, a mi modo de ver, que es además raíz de muchas discusiones. La dignidad humana, expresada laicamente (quizá no tanto) en los Derechos Humanos, suponen unas condiciones de vida mínimas, más “abajo” (perdón por la metáfora) no se vive como persona, y por lo tanto se debe luchar contra estas circunstancias, estructuras y sistema. Todos los derechos pueden ser vistos individualmente como reclamaciones u obligaciones. Pongo un ejemplo, ¿yo, que tengo casa, estoy en referencia al derecho a vivienda que en otros no se cumple? Es decir, ¿cuándo estoy en relación con un derecho fundamental, cuándo lo vivo como cercano, como cuestión de ética o moral social? ¿Estoy en relación con todos los derechos humanos o solo unos cuántos? Además, la proliferación en la reflexión sobre los DDHH sin el cumplimiento de lo más básico (vida, educación, trabajo, libertad de pensamiento) ha hecho que la política los considere siempre según su situación e invalidando el conjunto. Los DDHH son una gran reflexión antropológica, perdida hoy en discusiones y matices interesados. Se destruyó su fundamento por los maximalismos y sus minimalismos.
  3. A mi modo de ver, los DDHH son un mínimo de expresión de lo humano fruto de la reflexión sobre la barbarie y la catástrofe, que soy se ve en películas pero que no se asume como historia propia. Los nazis no son los otros. Los stalinistas no son los otros. El peligro de la condición débil, que puede siempre derivar en totalitarismo, está ahí. Insisto, pienso los DDHH como mínimo, incluso en su reflexión posterior, aunque no tengan la fuerza del inicio, ni la concordancia de quienes sobrevivieron su tiempo. (Me da que, con perdón, hay algo estético e interesado en todo lo posterior, que además se ha aprovechado para no asumir la intución primera y fuerte, que de haber sido realizada no nos situaría en estas circunstancias; entre ellas, la globalidad, que se piensa económicamente en la mayor parte de los casos, cuando fue en principio una cuestión humana).
  4. La vinculación con el trabajo dependiente. Hace falta una reflexión seria sobre este tema, sobre cuándo el trabajo pasa a ser dependiente de otros. ¿Qué es trabajo y qué no lo es, y cuál es la línea en la que pasamos a ser esclavos de ciertas necesidades que, en la práctica, nos enfrentan con los demás para ganar “el puesto”? La vinculación urbanita del trabajo con el dinero y el dinero con todo lo demás, es la clave. Hasta el punto de que, como en la práctica se asume como real (y punto), todo gira en torno a ello. A la cuestión del “trabajo” sumaría el “individualismo” competitivo. Cuestión que aplaudirán y justificarán aquellos cuya posición social… (no sigo, es casi evidente).
  5. La dependencia del Estado. Hace 30 años no hablábamos de Estado como en nuestro contexto global. Empezaba, se intuía. Los estadistas de escenarios seguro que contemplaron una situación parecida a la actual. Los teóricos de ese tiempo han convertido en realidad algo que, quizá no pensaron bien para este tiempo. Los cambios globales han sido profundos, no hemos convertido la globalización en algo humano, sino en un nuevo escenario de conflicto sobre que, a buen seguro, se hablará en 30 años en los bares y en conversaciones cotidianas. ¿Enfrentamiento global entre dos potencias: la dictadura China y el liberalismo de EEUU? En medio, ¿la UE en precariedad, Estados petrolíferos en decadencia, América del Sur sumida en la inestabilidad y la pobreza general, sin clases medias, y un África olvidada? Estas grandes zonas, desestabilizadas con fronteras que piden ser vencidas o suprimidas, apelando a los DDHH, ¿cuál es el resultado? El Mediterráneo, que en su tiempo fue lugar común y de relación, es una de las grandes fronteras del mundo. Turquía, en un extremo, y España, en el otro. ¿Cuál es la situación de estas fronteras? En el medio, Italia y Grecia. En una y otra, vencen posturas extremas. La otra gran frontera del mundo, EEUU con México, es la frontera de dos continentes enteros. Las tensiones sociales de EEUU tiene habitualmente un denominador común, especialmente cuando está en tensión con China. Hoy por hoy, porque Rusia sigue a lo suyo, como China fue a lo suyo durante el enfrentamiento del Telón de Acero, antigua URSS reconvertida de la mano de la China latiente, que ya olvida su revolución y se ha convertido en Estado Global como la Mayor Empresa Capitalista del Mundo. Al frente de todo esto, están personas con intereses. ¿Bien común o bien propio? Quizá lo más coherente sea pensar que el llamado “comunismo” está expandiendo su “dictadura del -no- proletariado” (sin el “no” también funciona la afirmación, como conversión de todas las personas en proletariado del Estado).
  6. Volvamos al IMV y la consideración del trabajo. Una relación directamente económica entre Estado y personas (al augur de todos los demás, algunos en el límite) provocará, a mi entender, clases sociales diferentes y dependientes. El buen gobierno facilitaría la vida de las personas para que hagan su vida al margen del color del gobierno. Este mínimo, sería importantísimo. Educación y sanidad en España son un ejemplo. Insisto, un ejemplo. También en la labor social. Pero, aquí está la pregunta, somos demasiado asistencialistas. La sociedad del bienestar en España se ha construido bajo este principio, en buenos tiempos, sin prever las bacas flacas, sin estructurar bien el empleo y la situación global en nuestros márgenes.