Mis alumnos deberían estar dedicando un tiempo semanal a reflexionar algunas cuestiones relacionadas con la DSI. Es el trabajo final de curso, en el que año tras año me empeño en Bachillerato, como en una especie de ensayo de trabajo serio final de etapa.

En principio, muy sencillo: estudiar sus principios fundamentales, pensar qué es un problema social y dar razones para que lo sea, y hacer tres ensayos breves sobre tres preguntas, relacionadas con algún problema social, de libre elección. Total, unas cinco páginas escasas, durante un mes y medio aproximadamente.

Las dificultades que aparecen son, sin embargo, múltiples. Detallo algunas. Para empezar, comprender qué es un principio y preguntarse si son necesario en la vida, si es mejor pasar sin ellos, sin preguntas. Es que, cuando comenzamos por aquí, no sabemos bien ni donde terminaremos, ni cuánto se puede complicar la vida. La diferencia está clara: vivir como veletas, al aire de lo que sopla sumidos en las circunstancias y perdidos en el mundo intentando salir, o arriesgarse a decir qué es lo importante y comprometerse con ello hasta el final. Caben, por supuesto, las opciones intermedias, los que van de un lado a otro.

Segundo, cuesta mucho justificar que algo sea un problema social, más allá de lo que se recibe en los medios. Es decir, que nos vemos expuestos una y otra vez a la “agenda social y política” de otros, a la preocupación del momento. Y me da que tal exposición ahoga muy buenas semillas. Por ejemplo, ¿hemos dejado de hablar de “hambre en el mundo”, de “ciertas enfermedades mortales que se sufren allá, en otros países” o “los movimientos de personas en el mundo han dejado de ser comprensibles”? Hoy, en esta agenda social, se imponen grandes problemas, sin duda: ecología, mujer, paro, calidad de la política. Son grandes retos, pero, cuando preguntas por qué es algo que afecta a todos y que a todos nos debe involucrar (es decir, por qué es un tema político, en el más algo sentido de la palabra), los argumentos no florecen con facilidad. Además, si haces una lista de 10 problemas sociales fundamentales en varios grupos, curiosamente se repiten al 90%. Sin embargo, sin ese momento preguntas por el problema 11, ya cuesta. E, insisto, sin pedir razones.

Luego, el ensayo. Tal y como yo lo veo, es un escrito personal (no subjetivo, que no es lo mismo exactamente) en el que se toma postura ante una cuestión y se intenta  comprender en su complejidad y argumentar con razones. Aquí, lo que está pasando es, principalmente, que se pasa a su descripción generalizada y global. Tomemos, por ejemplo, el problema de la situación de la mujer en el mundo (el problema no es la mujer, es la situación en la que está). ¿En qué medida es problema de todos y no solo de quienes lo sufren de forma directa? No digamos sobre otros asuntos, que vemos como mucho más lejanos, que parece que son de otros países, por no decir universos, y de los que se sabe sólo con unos datos fríos, sin rostro, y sobre los que no hay contacto. La distancia, ¿es motivo de indiferencia? No necesariamente. Saber teóricamente de algo, ¿deja de comprometernos? No necesariamente.

Cada año, mejoramos. Por supuesto, cada año, yo con mis alumnos y acompañándolos uno a uno en sus escritos, me veo involucrado en sus reflexiones. En el fondo, cada año me las veo con lo que no se puede quedar en números y me pregunto, muy sinceramente, qué quedará de todo esto en cada uno de ellos y cuánto habremos cambiando el mundo hasta ahora con este pequeño trabajo.

“Vivimos como vivimos, porque pensamos como pensamos.” (Miguel García-Baró)

Por responder, lamentablemente, al título del artículo. El racismo es tan sencillo intelectualmente como decir que es fruto de la ignorancia: las razas no existen. Punto. No hay más que argumentar, no hay más razón. Pero el gran problema social es que la ignorancia mata.  No hace falta un coronavirus para saberlo. Aún más, el problema es que la ignorancia incumbe hasta cuando se supone que he recibido razones para lo contrario, porque se puede seguir adelante desoyendo lo fundamental.

No me hago cargo de la cantidad de ideas, en las que vivimos. La distinción romántica de Ortega suena bien, pero no es para tanto. Ideas y creencias son lo mismo.