Escribo Iglesia siempre en primera persona. Me lo enseñó un profesor que simplemente preguntaba: ¿De qué Iglesia hablas y cómo te sitúas en ella? Lo hacía bajo la amplitud de la Iglesia, no en sus reducciones. Y a la vez, preguntaba por la máxima concreción, personal, individual. Terminaba siendo una pregunta no ajena, sino por la propia vida.

¿Estamos dispuestos a vernos enriquecidos por la Iglesia siendo cristianos? La respuesta que elige la riqueza es siempre la misma: “Yo no soy la Iglesia.” Formo parte de su tesoro, como tantos otros la embellecen. También cuento, cómo no, con sus pobrezas, miserias, penas, males. Y no me son ajenos.

Nunca me he vivido ajeno a la Iglesia. De ahí muchas de mis alegrías y también de mis sufrimientos. La pregunta que se hace José M. R. Olaizola en su último libro (En tierra de todos), nos la hemos hecho muchos y la hemos recibido muchos con otras palabras, en mi caso así.  Sería interesante un diálogo sobre eso.

Personalmente, pienso sinceramente que la Iglesia no abandona, precisamente por su pluralidad. La acogida es real. La respuesta es muy directa siempre. No hay campo de la actualidad en la que no haya Iglesia, cristianos comprometidos que han comprendido la palabra “prójimo”. A mí, en mi contexto, me resultaría insultante, y me sabría responsable últimamente, del abandono de mis alumnos. No digamos de mi familia, de mis amigos, de mi entorno.

Entiendo la aspereza que algunas personas han vivido. Hay muchas experiencias de acercamiento que han quedado en nada o, peor todavía, rechazo, exclusión, impermeabilidad de grupos cerrados y volcados internamente sobre sí mismos inconscientes de la responsabilidad con el otro. Aquí, sin duda, hay abandono. No sólo de los otros, que sufren este daño, sino en los propios cristianos de su propia responsabilidad y misión de acogida.

Algo que voy pensando seriamente es que, los cristianos que ya tenemos cierta edad, debemos afinar nuestro discernimiento para que toda persona pueda verse dentro de la Iglesia como su lugar primordial en el mundo, con sus inquietudes, vocación, con su sensibilidad, haciendo camino sin ser “santa” desde el minuto uno, cuadrando relaciones con otras realidades. Mucho horizonte, no siempre bien cuidado. Pero expertos en comunión, como dice algún texto especialmente recuperable en estos tiempos de individualidades heridas que terminan siendo también hirientes y de fraccionamientos que generan tensión crónica en la vida de las personas. Comunión como realización de un ideal que llamamos “fraternidad”.

El tema, en cualquier caso, es situarse en la acogida frente al abandono, la indiferencia, la exclusión. Que esa sea la posición mínima de una Iglesia dispuesta a acoger tensiones, a tensionarse a sí misma buscando amplitud.