Los sistemas educativos, en lo que tienen de sistema, son crueles. Algunos profesores lo han olvidado, en ocasiones de sí mismos y en otras de otros que tuvieron al lado como compañeros. El sistema, por sí mismo, generará injusticia, valorará insuficientemente los casos (personas) y sus posibilidades, o en enrocará a la defensiva en sus criterios “objetivos” (“objetivo” en educación es poco menos que “despersonalización”, “deshumanización” tanto de quien educa como de quien se supone que debe aprender).

Pienso en dos posibles extremos a los que cabe conducir a los alumnos. Por un lado, el de la exigencia que impide la sana existencia y el buen aprendizaje. Por otro, el de la disrupción continua por falta de comprensión.

Hablemos con esperanza. Sin cebar lo negativo, avivando el fuego del bien.

Los casos (mínimos y llamativos) del exceso son frecuentemente el tema de las conversaciones. Al lado de estos, como en una campana de Gauss, se agolpan la inmensa mayoría de las situaciones a las que no se presta atención, pero revelan el buen hacer de claustros y profesores (pienso siempre en claustros, porque la acción educativa jamás es de un profesor y siempre es cuestión de muchos agentes, entrantes y salientes, que dan vida diariamente a la escuela).

Los profesores no llevamos al extremo a los alumnos. Nos adentramos en una relación muy peculiar, por cotidiana que sea para nosotros: un profesor, una clase; un maestro, acompañado por decenas de situaciones, en diálogo con cada una de ellas, en el breve plazo de los minutos que dura este encuentro. En esa singular cercanía, con el aprendizaje que el profesor tiene en lo suyo, se ve en la exigencia de transmitir un cierto conocimiento, que le apasiona y en el que cree muy sinceramente. Ese transmitir, esa comunicación, es fructífera en la mayor parte de los casos. Quizá no al 100%, pero sí en otros porcentajes, que dependen de tantas y tantas cosas y realidades, que es imposible medir. Es más, me aventuro a decir que lo sembrado hoy, con pocos frutos inmediatos (la evaluación que hacemos, la calificación que “finalmente” ponemos) dice poco de los posibles frutos que pueda dar, ya para el joven que aprende en un futuro incierto, donde el profesor con sus herramientas de “medir” es incapaz de intervenir.

La escuela que vivo es una escuela posibilitante, de horizontes más que de presentes. No perder esta esperanza, como exigencia, es esencial en mi escuela. Jamás he dudado de la bondad de un profesor al hablar de un alumno, jamás he visto el castigo del profesor hacia el alumno. Jamás he encontrado, en ninguna escuela, en ningún colegio, en ningún instituto, el deseo de venganza. Al contrario, todos los maestros y profesores que he encontrado han mirado, ciertamente a su modo porque no puede ser de otra manera, por el bien del niño y joven, por su bondad y horizonte. Pero no siempre es fácil resituar a otros, por muy deseable, con evidencia, que lo veamos. Los profesores desean el bien para sus alumnos, al menos el bien que ellos consideran lo mejor. Este “al menos” es lo que daría mucho que hablar, de hecho da que hablar.

Innumerables alumnos pasan por las aulas sin ser motivo de especial conversación. Me doy cuenta cada día. Estos alumnos, que no son llevados a ningún extremo, y van viviendo su camino, más incluso entre los suyos que en una significación respecto de los profesores, con el tiempo avanzan más que muchos de sus profesores. Esto, como respeto, es de elogiar.

Queda por abordar, sin duda alguna, los dos extremos. Es preocupante y siempre doloroso. Aquellos alumnos a los que no llegamos porque no sabemos cómo llegar, porque se sitúan en nuestros márgenes preocupantes.

Esta preocupación no puede llevarnos a la pregunta engañosa por todo. Sin embargo, centra indeciblemente la conversación engañosamente. Estos énfasis hacen daño a todos.