Dicen que tengo 40 años. Recién cumplidos. Los acojo después del abrazo de Laura, con la felicidad por el hijo y la hija. Son para mí el don impreciado, el don que me describe. Agradecido por la historia vivida, en la que hay más personas que experiencias, y cada lugar que recuerdo la relación más que el espacio o el momento. Aunque todo tiene su tiempo. Me preceden mis padres, mis maestros, muchos de mis amigos, muchas personas importantes a las que nunca seré capaz de agradecer lo que han supuesto. Supuesto, como lanzadera. Supuesto, también como sufrimiento. Miro hacia atrás, y no olvido dolores ajenos. Los míos, en silencio respetuoso. A mis 40 quiero recordar un valiente paso con 16 años, una intuición para orientar mi vida. Después, la apertura al mundo y al sufrimiento de los más cercanos. Una buena formación personal y académica, mi enamoramiento con ciertos libros, mi dedicación a otras personas. Todo de la mano, vivido en comunión. Mi estudio, para los demás. Mi reflexión, para otros. Mi apertura, para la verdad. Mi “yo mismo”, en clave de humanidad. Muy reflexivo, en ocasiones un poco torpe para lo que otros celebraban. Siempre huidizo en las fiestas y en el “glamour” de las reuniones, sin faltar en el sufrimiento y el dolor ajeno. Nunca falté, ni he faltado en el mal ajeno. Nunca esperé a nadie que me recibiera al final de mi quimioterapia, ni lo pedí. Fui siempre a trabajar esas mañanas, como uno más. Y a la tarde deseé ser como uno más. Y a la mañana siguiente, con pastilla antivómitos y sentado en la churrería. Uno más. Nada más que uno más. Mientras tanto, contemplar el mundo. Cada cual en sus cosas y tareas. Lo importante para uno no tiene nada que ver con con lo importante para otros. Respeto máximo a los otros. Kierkegaard y Levinas unidos. Husserl, la epojé. Muchas otras lecturas. Siempre Platón, simpre Sócrates. Jamás me ha faltado en el corazón una frase del Evangelio, en el que ahondo permanentemente. Un texto leído y releído, en el que cada lectura supone un esfuerzo para mí para volver a leerlo escuchando sin creerme nada. La vida misma. El Evangelio correlato de la vida misma. Mis alumnos, mis compañeros, todos los que he disfrutado. Ojalá saber de todos ellos algo, gracias por tantos que sigo tan de cerca. Y a los 40, olvidos memorables. Hoy Laura me contaba algo para recordar que a mí ya se me había olvidado. Enfrascado esta mi pensamiento en el presente, en un cierto hoy, aunque caduco, a medio terminar un artículo que no consigo entregar. 40 años me han enseñado pasión en muchos sentidos. Perdón por el mal hecho y ojalá pudiera cambiar tantas cosas… Adelante con determinación. Me he regalado un libro a mí mismo. A un lado escucho al que muchos consideramos maestro en filosofía y al otro a un teólogo esencial. En mí, la vida de los míos. Gracias.