La intención y la acción. Lo deseado y lo realizado. Lo propuesto y lo vivido. Etc… Se ponga la palabra que se ponga, siempre hay un salto significativo. Lo dicho y lo entendido. Lo que se quiere decir y lo que se recibe. La voluntad que desea y la voluntad que realiza. Una y otra vez lo mismo. Con la complejidad de vivir en un mundo en el que, ni estamos solos, ni deseamos estar solos, pero cuando estamos con otros todo se vuelve más complejo.

Está muy bien descrito el “problema” cuando hablamos de intersubjetividad. Se trata de subjetividades relacionadas, es decir, personas que se viven a sí mismas directamente (entre comillas lo anterior, muy entre comillas) y a los demás a través de canales que no son los demás, puramente hablando, sino otras cosas como lenguaje, palabra, expresión, acción.

Quedarse en la concreción es inútil, quedarse en la acción es tan inútil como permanecer en la apariencia, en lo que se ve, en un estadio estético de la vida. Es adolescente, y la adolescencia se prologa en el tiempo como nunca, sin conocer bien los intereses que hay detrás de este movimiento sobre la subjetividad humana. Los científicos de lo humano describirán lo que pasa con estadísticas y números, pero jamás sabremos lo que han de verdad en cada persona de carne y hueso.

La persona suele estar cómoda e incómoda con su propia letra, con su propia acción, cuando es sincera consigo misma. Lo que no entiendo (ironía) es la incomodidad con lo ajeno.