Lo dije hace tiempo y lo volveré a repetir: “Un extremo llama a otro extremo.” La extrema izquierda tomó las calles y se adueñó de ellas por un tiempo, y era cuestión de tiempo que el otro extremo se hiciera presente. Lo critiqué en su momento y toca volver a repetirse.

Ni discuto, siquiera, que haya personas en un lado y otro que no sean bienintencionadas. Sólo criticaré que no sean capaces de dialogar y comprender al otro, para evitar su extremismo.

Lo que más discutiría sería sobre quiénes les han empujado al odio. Pero, hasta el momento, no he tenido ningún fruto con mi pregunta. Todos dicen que son libres, formando parte de la masa, y ninguno se pregunta de verdad qué hace ahí. Todos defienden ideales y no sé qué, que en el fondo impiden escuchar sencilla y amablemente, y sentirse parte, de quien tienen más cerca y de los problemas globales. A lo mejor no he tenido fortuna en la elección, pero las “orejeras” existenciales son de una amplitud tal, que ni burros, ni bueyes, ni caballos han probado. Lo nuestro no es “orejera” es “punto único”.

Para la mayoría “la crisis” (2008) ha significado la única crisis que han vivido. Y optaron por lo fácil, la incomprensión del mundo, la incomprensión de la seriedad de la vida, la rabieta y la protesta, “La indignación” (título que ha hecho millonario a su autor y del que otros han sacado buen partido personal, individual e intransferible, precisamente porque tenían estudios y estaban en una situación de partida privilegiada respecto de otros). Todo aquel movimiento de masas se dirigió (democráticamente, en una dirección, puesto que “el pueblo” llamado en el siglo XXI de España “la gente” reconocía cierta esperanza en un brote que comenzaba a surgir de una nada inesperada, a la que luego otros hicieron una genealogía; pero nadie atiende a la historia, salvo unos pocos ilustrados -palabra bella, hoy muy exclusiva-).

De aquellos polvos, estos lodos. Y vemos resurgir con aplausos, vítores y masas un extraordinario número de personas ancladas en un pasado anterior a sí mismos. A las banderas preconstitucionales de los Republicanos, se alzan las banderas preconstitucionales de los franquistas. Repito: “Un extremo llama a otro extremo.”

Y quiero confiar en que la mayor parte de personas se situaría en un entorno razonable de centro, moderado hacia la ayuda a los demás, incluso hacia la solidaridad natural con quien más lo necesita. Sin enfrentamientos, ni lamentos, por pura compasión del corazón, por pura humanidad de sí mismo. Pero todo esto, tan humano, está cercenado y poseído por los que buscan, en ambos lados, el enfrentamiento, la discordia, la ganancia en río revuelvo del que participan no pocos.

Lamento mucho ver en “Noticias” la confirmación de mis impresiones de 2011. Lo lamento porque creo en la libertad (como reconocimiento de uno mismo y encuentro con el otro, más cercano, siempre el cercano) y porque lo demás que no es proximidad, atención al otro que tengo delante, lo considero una esclavitud indigna de alguien que diga que es persona. Si no respondemos a lo que tenemos delante con humanidad es porque somos ESCLAVOS, vivimos en la caverna, nos hemos creído nuestras debilidades por encima de nuestras posibilidades y tenemos tanto miedo a lo que vendrá que no sabemos qué hacer con quien tenemos delante.