Toda forma puede derivar en formalismo, lo sabemos. Educación al más puro sentido hipócrita, que convierte el saludo, la petición “por favor”, las gracias, el respeto y todo lo demás en un espejismo que oculta verdaderas intenciones. Puede derivar en todo esto cuando se para y repara en lo que en verdad significan y se hace de ellas teatro de cortesía burguesamente entendida.

Pienso al revés, en su razón de ser, en su apropiación debida. Es el legado de una humanidad que me precede y me pone en camino hacia algo más importante. No son fórmulas mágicas que desvelarán su misterio a la primera de camino, sino una pista, una indicación, un signo que carece de valor si no sabe apuntalar algo más que sí mismo en el corazón humano. Todo este legado se traduce en respeto al otro y la educación en esencia, en su íntima verdad, es precisamente esto: sensibilidad despierta y abierta al otro en tanto que otro. La maldad consiste en absorber lo diferente y ajeno con la falta de educación que es subsumirlo a sí mismo, apropiárselo, consumir la distancia, abolir la diferencia que la libertad y la historia implican, destruir al otro en la imagen y representación con el objetivo de hacerlo girar en el propio mundo a placer, matar su vida, originalidad, significación, volver insignificante todo lo demás creyéndose poco menos que un dios vetusto, dueño y señor, poco servicial y entregado.

Todo eso que llamamos “buena educación” es esta pista, sobre la finitud propia e infinitud del otro, esa desigualdad, desnivel, fractura que nos sitúa en la fragilidad de quien recibe en una cierta pobreza y está obligado al más absoluto de los agradecimientos, esa apertura filial en definitiva que nos hace deudores desde el primer segundo en el que reconocemos, y seremos incapaces de olvidar pese a distracciones, que existimos en primera persona pero nunca solos, que a toda persona que se conjuga para sí le viene inmediatamente el rostro de muchos otros a quienes debe lo que será incapaz de pagar, y al mismo tiempo recibe visitas imprevistas, continuamente y sin parar, de nuevos otros que son nueva vida para sí. Y todo esto, sin dominar, sin controlar, sin someter. Porque quien vive, en verdad, se sabe siervo, si no esclavo, de un don inmerecido. Y mientras seamos capaces de pensarlo, seguirá siendo presente, es decir huella de la eternidad y del para siempre que no pocas veces, inconfesables y poco enseñadas, vivimos constantemente.