Con cierta perspectiva se me mejor e incluso cabe el humor. Circula por internet desde hace años un horario kilométrico de todo aquello que se debería tratar en “los colegios” a demanda de la sociedad y según el ingenio de los intereses del momento. Siempre ha sido así y no falta razón.

La educación es, por definición, aquello que pone fundamento a la vida (personal y social); la escuela es su instrumento más potente, hasta el punto de que como maestros, nos sorprendemos y nos quejamos, cuando no somos capaces de imponernos a las familias y sus malas influencias, según nuestro parecer. Cuando dan facilidades no hay tantos comentarios. Lo que pocas veces se pone de la mesa es si la “educación/escuela” rema y sirve a la sociedad, a qué sociedad, a qué intereses. Pocas veces lo he escuchado, salvo en casos muy concretos, algo repetitivos y bastante interesados; más como queja, a decir verdad, que como propuesta para ser dialogada. Y soy de los que piensa que la escuela ofrece algo tan fundamental como una visión del mundo, de la persona y de todo lo demás, nada más y nada menos. La escuela, como la familia, toca permanentemente la verdad y el bien, la mentira y la maldad. Una y otra vez, constantemente, día a día.

Dadas las innumerables exigencias que hay hacia la escuela, que es lo que interesa y no tanto la “educación” (que podría ser de adultos, pero esa ya interesa mucho menos, porque escuelas de padres, madres, familias hay pocas y su incidencia es mínima), yo me lo intentaría plantear hoy a la inversa, las exigencias que debe tener y a las que debe responder la escuela para ser escuela.

La primera de ellas, que va a resultar muy básica que provocará risa, y sin embargo no está resulta, es que sepa lo que hace y lo que quiere hacer. La experiencia demuestra que hemos empezado casas por tejados y que tropezamos en mil piedras, y además la rutina se apodera de las instituciones más grandes hasta matarlas por falta de oxígeno viviendo de sí mismas y de las rentas. Todos los imperios antiguos han caído, como los actuales caerán. Mueren por complacencia, como también puede ocurrir en la escuela.

Cuando hablo de escuela, a este nivel, hablo como siempre de claustro. Me encanta esta palabra medieval necesitada etimológicamente de apertura, pero me parece reconocer en ella algo más bello y necesario; quizá comunidad, con mucha seriedad, o equipo, si actúa con deportividad. Prefiero claustro. Un claustro que sepa lo que hace y dé razón de ello, y lo que quiere hacer y dé razón de ello. Un alumno entra en un centro educativo (que tenga Infantil, Primaria, Secundaria y Bachillerato) y sale de él 15 años después como una persona medio libre teniendo que afrontar si no el mundo, al menos su mundo. En todo ese trayecto, los que “le dan clase” serán tan importantes como “los que no le dan clase pero están ahí como parte del claustro.” En ocasiones, los que le dan clase serán su escudo y protección invisible y en otros a la inversa. ¡Quién sabe!

Ojalá la escuela tuviera claro qué, cómo y hacia dónde. La experiencia pasada nos ayudará a entender por qué. No salimos de Aristóteles respecto de grandes cuestiones, pero podríamos adentrarnos en otras respuestas. Aunque el esquema siga siendo el mismo, y el tiempo irrefrenable continúe su curso, una comunidad educativa, un claustro en el mejor sentido de la palabra podrá continuar haciéndose preguntas.

Ahora llegan los más modernos y preguntan: ¿Quién es el sujeto? Y responden simultáneamente: ¡Nos hace falta sujeto! Pero ya no se identifica “sujeto” con “persona”, sino con una especie de masa social en la que se condena al diferente, por disidente y discrepante. La fuerza no está en el disentir, en el discrepar, sino en el discernir. ¿El qué? Esa es la cuestión. Pero el discernimiento será siempre personal, única y últimamente personal, aún siendo necesariamente dialogado.

En la formulación del inicio estaba cuestionado si se sabía el qué y si se sabía el cómo. La respuesta más negativa es que, cuando no se sabe el qué, se acentúan los cómos. Salen enanitos distrayentes prometiendo el infinito. El método (camino) tiene sentido cuando se sabe hacia dónde. Si no, cualquier camino valdrá y cualquier camino, que no sabe dónde lleva, se podrá proponer como la via paradisi. Sin horizonte querido, no hay método. Y la escuela está en crisis, no por sus posibilidades, que son más abiertas que nunca, sino por su carencia de principios (una vez más Aristóteles, realmente los principios son fines, si no que se lo cuenten al relato de la Creación del Génesis, que sólo quienes no saben lo toman como un origen y no como creador de horizonte).

Último párrafo. Quien tiene un fin, ¿sabe cómo alcanzarlo? ¡Ni de lejos! Quien tiene un fin y no sabe cómo alcanzarlo, ¿lo intentará? Mi respuesta básica es: nunca solo; solo se dará cuenta de que no puede. Formulemos en plural entonces: Quiénes tienen un fin,  ¿saben cómo alcanzarlo? No.  Sigamos: Quienes tienen un fin y no saben cómo alcanzarlo, ¿lo intentarán? ¡Sin duda!