Estoy sentado (por fin, se me ha escapado) en mi sofá al final del día o principio del siguiente o de la siguiente semana, no lo tengo claro. La vida en el tiempo, la existencia, es complicada. Ya no se sabe si es presente realmente, si es permanencia en el pasado añorado o idealizado, si es escape o tensión responsable hacia el futuro, que es la vida en su horizonte. Estoy sentado en mi sofá y me dispongo a criticar.

Celebro la expresión “criticar de sofá” (vertientes, “indignación de sofá”, “compromiso de sofá” y “sofa revolution”). Me parece acertada incluso en su versión anglófona, que siempre suena mejor en oídos jóvenes. Debería institucionalizarse: el sofá como crítica a uno mismo y como dejarse criticar familiarmente, en el hogar. Ninguna crítica mejor que la interior, la de dentro, la más cercana, Porque ninguna crítica será recibida jamás desde la distancia, la indiferencia y la falta de implicación.

Celebro la expresión cuando no median las distancias y el sofá, lugar casi sagrado, No lo sabe un 90% de la población mundial, por ejemplo. Y creo quedarme corto en mi apreciación científicamente probable por varias universidades de reconocido prestigio en su país. No es una crítica, sino una aportación sobre la verdad.

La palabra crítica, cuya etimología habrá dado lugar a tesis doctorales de renombre, es griega. La explicarán de mil maneras y su recogida y aceptación será transformación de la misma palabra. Hoy, y eso es verdad incuestionable, más negativa y precaria que nunca. La crítica históricamente jamás ha sido negación sino alzamiento, elevación, algo más (y mejor, no sólo distinto) aunque fuera vivida en la intemperie de la existencia, con su frío raso o su sol meridianamente devastador. La crisis siempre fue lo propio e íntimo, con sus exigencias, y pocas veces que lo que venía de fuera a capricho o interés ajeno, que cuando se ponga sobre la mesa y se clarifique significará que llevamos al menos un siglo en otra vida.