La pregunta resulta desconcertante. Ser maestro, profesor, educador en general se considera, aún hoy, una de las grandes tareas con claro espíritu vocacional y de servicio. He visto a muchos comenzar, también he celebrado numerosas jubilaciones. Entre unos y otros se abre un abismo de años, que no todos recorren de igual manera.

Casi ninguno de los que empiezan, lo hacen carentes de ilusión. Más bien al contrario. Encuentras en ellos fuerza, novedad, ideas. Son capaces de revolucionar su entorno, hasta en centros que tienen un proyecto consolidado. Es ahí donde rápidamente se hacen con un lugar y va habitualmente de la mano de la valoración de los demás, en términos generales.

Pero a los pocos años -yo diría cinco años- se puede notar ya el cansancio, el posicionamiento y cómo ese primer sitio tiende a volverse un reto. De un lugar a otro no ha variado gran cosa, salvo su propio movimiento.

Encargados de cuidar a otros, ni se cuidan a sí mismos, ni se cuidan normalmente entre ellos, ni se dejan cuidar. Éste es un pequeño drama que se extiende silenciosamente, pero que desde dentro es más que perceptible y claro. Resistir sin abandonar ideal, cariño es un enorme reto. Continuar sin inercias, repeticiones y rutinas, sin dar la mano a lo que se hacía así resulta difícil. Falta diálogo, sobre todo para compartir lo que ellos viven, con frecuencia habituados a hablar de los demás. Y existe un miedo incalculable a recibir comentarios sinceros sobre lo que hacen. Es una profesión solitaria, por mucho que se trate con personas hora a hora. El profesor entra en clase, cierra la puerta y está ahí con sus alumnos. Poco más que pasillos para intercambiar impresiones, terminan en grupos pequeños que se retroalimentan como único espacio en el que están más seguros. El claustro es el reto. Personalmente, pienso que la pérdida del claustro para un centro educativo hace inviable cualquier proyecto. El sujeto de la acción educativa no es un maestro sino el equipo docente.

Llevo años pensando en la preguntar por el abandono de los maestros de su auténtica misión y tarea, y no encuentro otra respuesta que ésta: su soledad, la falta de equipo. En palabras de Calasanz, uno de los maestros de la primera educación popular, desde hace más de cuatro siglos, con sus palabras cristianas: la formación de conventículos en lugar de conventos; grupitos, y no claustro.

Otra cuestión es el poco cuidado que se prestan a sí mismos. Y la progresiva desconexión con sus alumnos, la diacronía que debería aportar aún más madurez y criterio, la falta de contemporaneidad con su mundo que debería dotar de mayor altura y experiencia, en no pocos casos se convierte en paso atrás, en ocultamiento de sí en otras tareas educativas, el refugio en los contenidos sin horizonte o la evaluación como potestad continuamente expresada.

Faltan iniciativas, por otro lado, que acompañen y hagan madurar a los propios “adultos”, supuestamente adultos con sus responsabilidades. El estancamiento adolescente, la necesidad de sentirse joven, el miedo a crecer también se dan en nuestra profesión. Inmadureces afectivas, conflictos personales, trato entre personas que acumula progresivamente un lastre permanente, que termina por adelantar y superar y actúa como distancia, desgaste y prejuicio incapacitante.

Quienes tienen la responsabilidad de acompañar a profesores y gestionar equipos, incluso cuando los propios profesores no quieren o no son conscientes de esta necesidad, tienen una responsabilidad mayor; no única, pero sí mayor. Y deberían tener esto claro y meridiano. A los cinco años, se ve más de lo que muchos piensan. Y el largo camino hacia la jubilación, como hacia la vejez, acentúa con fuerza sus tendencias.