Nada cohesiona tanto a un grupo como un enemigo externo. Pero las democracias actuales miran alrededor y no identifican, por su tendencia a la bondad y la inclusión, nada tan descarado que las amenace. No nos creemos, en el fondo, que otros sistemas políticos, sociales y económicos no aspiren a nuestro régimen de libertades. En el fondo, no pocos y especialmente los más jóvenes, consideran que el mundo vive igual que nosotros pero en otras condiciones. Da igual que sea China, Rusia, África entera prácticamente…

Me di cuenta de esto hace tiempo, cuando “las primaveras”. Toda acampada en cualquier plaza del mundo era absorbida como parte de lo mismo. Todo se consideraba una parte de un movimiento general, que reflejaba una especie de única alma en la humanidad que despertaba al unísono. Y esto no era así, ni de lejos. La diversidad global es más que un hecho. La amenaza a la democracia, desde fuera de sí misma, es más que evidente.

Pero el peor enemigo está dentro, la democracia usada para su propio debilitamiento y desprecio. Los análisis sobre la barbarie, los más tempranos, recuperan el término griego de raigambre romana como paralelo con aquella lejana situación en la que todo comenzó a desmoronarse. Especialmente certero el análisis de M. Henry, que no ahorra duras críticas a un sistema de educación y formación que da la espalda a lo humano, como si esto cayera, al igual que la religión, del lado de lo puramente individual y no fuera responsabilidad de la sociedad en su conjunto. Con la desaparición de los grandes ideales que dan respuesta a la cultura de occidente, todo y nada adquieren valor por igual.

Los peores enemigos de la democracia son el individualismo y su consumismo autocomplaciente, el egoísmo irresponsable incapaz de mirar al otro de frente y la culpa vivida como problema psicológico aplacable con una minucia que caiga de la mesa del rico, la falta de educación humanista y vocación con sentido frente a todo lo que carece por defecto del mismo, la sofística llevada al terreno de las buenas palabras convincentes para las mayorías y fluctuantes hasta el menosprecio absoluto de la palabra dada, la vida como un supuesto que ni se cuida, ni se agradece, ni se dignifica, ni se engrandece. Los peores enemigos de la democracia alzaron pancartas contra ella, valiéndose de ella.

Respuesta de madurez sería no buscar enemigos externos, sino valorar y cuidar lo propio. De verdad, europeos, visitad el mundo con ojos más que turísticos. Volved a casa a aportar con decisión y con ganas de contribuir a una historia común.

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