Hoy es más temprano, las 23,45h. Ya he leído la cuota del día. Y sigo pensando en los sueños educativos y su horizonte. ¿Dónde nos sitúan? ¿Mirando a…? (Yo también lo he pensado.)

Hace tiempo comprendí la inmensa distancia entre lo que hay y lo que debe haber. A cualquier filósofo no le resultará extraña. Son dos campos y razones de orden diferente, que desde Aristóteles formulamos como teórica y práctica. La contemplación de lo que hay en su más estricta radicalidad nos sitúa de cara a lo mejor. Otro problema será vérselas con cómo se realiza. En el pensamiento de Aristóteles y sus dos inmediatos predecesores, lo que hay sólo es una potencia de lo que puede haber. Y el drama de lo más humano es la aspiración a su excelencia, su situación intermedia.

Los sueños, como lo mejor respecto de lo bueno, puede ahogar, matar y apabullar. Imaginemos a alguien que, sin que se haya realizado nada de lo que dice haber contemplado como lo mejor, se sitúe como profeta incómodo en medio de quienes realizan lo que hay. Este innovador, por usar términos comunes modernos de este ámbito, puede ser el mayor de los aguafiestas posibles, el duro acicate y basto ariete de sus contemporáneos. Sin mayor justificación que la que da quien regresa a la caverna después de haber salido de ella, con la intención de liberar a sus congéneres.

La disposición para escuchar y buscar lo mejor, no la debemos dar por supuesta. Parecería que sí, pero la realidad demuestra que no. Ninguno de los más amigos de Sócrates, compañeros de sus últimas horas en la prisión comprendieron ni su pensamiento sobre la eternidad, ni su comprensión de la diferencia entre el mal que se hace y el mal que se recibe. Mejor, en muchos casos y de modo casi indolente, hacerse eco del camino individual y único que cada profesor debe hacer en su trayectoria profesional. Lo difícil es, en esta materia, no ver que un profesor aislado es nadie y asumir la propia labor como parte de un claustro en el que la diferencia es razonablemente indiscutible por muchos motivos.

Dispuestos a soñar, soñemos enteramente. Yo soñaría con ser capaz de enseñar lo mejor a unos alumnos, no dispuestos a aprender y felices por venir al colegio y todo eso, como dibujando un paraje inexistente… Yo soñaría con ser capaz de enseñar lo mejor allí donde no se quiere aprender, ni se comprende la importancia de aprender y de lo que se aprende, ni la relevancia de estar en una situación tan extraordinaria, ni en la posibilidad que da recibir el legado de una tradición ingente de personas que han ido construyendo el saber… Dispuestos a soñar, sueño eso: enseñar y educar donde no se vive la necesidad de aprender. Sueño que me parece mucho más cercano a la realidad y mucho más potente de lo que parece en un primer momento. Y reitero que soñar, compromete.

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