Termino mi primer año de “Escuela de padres” como padre. Muy interesante. Buen ambiente, mucho diálogo aunque menos del esperado en los espacios establecidos, relaciones fluidas de intercambio…

Sin embargo, vengo a confirmar una tesis básica que me viene preocupando como profesor desde hace tiempo. Muchos padres consideran que sus hijos son una especie de realidad a producir, para la que buscan “lo mejor” y sienten una responsabilidad desmedida con lo que hacen y dejan de hacer. Hasta el punto de desear convertirse en máquinas de respuestas adecuadas ante situaciones de todo tipo (como robots educativos). Muchas madres y algunos padres (desproporción evidente y constatada) salen de estas escuelas con la sensación de que lo están haciendo todo mal y deben cambiar, mejorar, incluso ser de otra manera…

“Tener un hijo” es una mala expresión, da lugar a confusiones. No se tienen, se crean. Un hijo es una relación tan particular y única que roza lo ontológico, lo constituyente. El hijo da la paternidad y la maternidad, genera esa relación única. Y por mucho que la tecnología avance y dé ciertas respuestas antes de su nacimiento, es su llegada al mundo, entre los brazos de la madre o del padre, lo que provoca una historia nueva y una existencia en ciernes, con sus múltiples vértices. Somos relación mucho antes de saberlo.

Lo dicho, no se producen hijos, no hay que hacer no sé qué cosas impostadas con la intención de que sean algo que no sabemos si son, sabiendo que no somos en esa relación lo que somos. Nos preocupamos de tantas estupideces que olvidamos lo esencial: lo que soy, lo que es, lo que somos. Prescindimos de una unidad a la que no queremos mirar de frente: mi hijo no es, somos. Y seremos durante mucho tiempo. Y toda la preocupación que mostramos por no sé cuántas cosas respecto de los niños indefensos estaría muy bien que nos las aplicásemos en primera persona, si realmente lo queremos.

Para otro día dejaré lo de la escuela. Donde la responsabilidad respecto a la “producción” de ciertos niños y niñas estándar pesa y crea un ambiente absolutamente contrario a la educación y la atención al niño. (Con menos de dos años ya teníamos “notas” en forma de “aspectos evolutivos” que se marcaban bajo tres categorías: cumplido – en desarrollo – no cumplido. Seré muy tonto, pero nada que no pudiera observar y, más importante aún, nada que no pudiera dialogar con sus educadoras de primera mano, lo cual agradezco enormemente…)