Supongo que a cierta edad, cosas muy simples son más evidentes. Mis alumnos pueden leer cualquier cosa. Si por leer entendemos el acto simple de pasar la vista por determinadas palabras. Yo mismo puedo leer en otros “alfabetos”. Comprender es algo diferente.

Mis alumnos pueden comprender, en cierto grado, lecturas muy diversas. Por ejemplo, pueden comprender un libro sobre “paternidad” (recomiendo “La revolución del padre”, de Fernando Vidal) o sobre “guerra” (recomiendo “Vida y destino”, de Grossman) o sobre el amor (recomiendo “Las obras del amor”, de Kierkegaard). Ahora bien, me entra la duda sobre la comprensión de lo que pueda derivarse de una mera lectura sobre estos temas, hasta que uno no está en situación.

Esta observación no supone poner en entredicho lo que leemos. Más bien invitar a lo contrario. Me gustaría lanzar dos ideas:

  1. Hay lecturas que nos llevan más allá. Provocan deseo, cuando hay una cierta hondura en la lectura, o su contrario. Tensionan la vida, la provocan, la cuestionan, abren horizontes. Y estos horizontes pueden ser horizontes principiantes, no horizontes finales. Horizontes que nos lleven a otros horizontes, pero que abran mundo y vida dentro de ese mundo. Porque no se trata de mundo, sino de vida.
  2. Hay libros que debemos releer y es un privilegio haberlos leído antes de tiempo. Con un poco de memoria, una vez leídos ciertos libros, la vida misma nos los recuerda como pidiendo “ven” a mí otra vez y “verás”. Y el libro recordado es un libro nuevo con capacidad para dilatar, no ya en el horizonte, sino en la comprensión personal .

Todo esto para decir algo muy simple: las lecturas se pegan a la vida.

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