Llevo mucho tiempo pensando la democracia y toda mi vida he pensado en democracia. La democracia permite pensar por uno mismo y, mucho más valioso, pensar con otros. Repito la palabra pensar, en los tiempos de la emoción. Kant combatió en su época la minoría de edad dependiente de otros. Hoy cabe hablar de la mala dependencia de uno mismo, cuando ese “sí mismo” se mide por meras emociones. Insisto en la razón. La democracia, como sistema de convivencia social y norma política, lo necesita.

Cuando, como profesor y persona, explicaba la democracia al inicio de mis clases, me retrotraía a un texto bien antiguo, que cuando lo leí me resultó luminoso: la oración fúnebre de Pericles. Testimonio de toda una época, en apariencia diacrónica. Entonces hablaba de la búsqueda de aquello que nos es común y, por tanto, capaz de ser responsabilidad pública, de todos. Se trataba de puntos fuertes en común, no sólo de mínimos presentes, sino de un hacia dónde se quiere encaminar la historia propia y ajena, con una responsabilidad mayor que mi tiempo. Y, por último, el diálogo como herramienta de la búsqueda de la verdad. Es decir, poner en común la propia razón para abrirla al otro.

Hoy, después de lo que voy viviendo y leyendo, muchas preguntas giran en torno al cuestionamiento por el sujeto democrático. Dicho en breve, por el ciudadano que sustenta el sistema democrático. Entonces me doy de bruces con muchas cuestiones, nada fáciles. Porque el subjetivismo, relativismo e individualismo son tan cotidianos que se han hecho imperceptibles y casi intocables.

Cuando hoy explico democracia hago este inciso: Todo esto, a mi entender, se fundó sobre la base de una aristocracia deseada, en la que estos mejores no se reconocían jamás en uno mismo y siempre se buscaban en otros. Es decir, el voto sirve para encontrar a los mejores en la sociedad y decidirse por ellos, apoyándolos. Hacen falta criterios para seleccionar los mejores.

 

¿Qué persona es capaz de encontrar “los mejores”? La persona racional, razonable y solidaria. Estos tres aspectos son la clave del sujeto democrático: capaz de pensar y que ejercita su propio pensamiento libre; capaz de entender razones ajenas e incluso buscarlas para entrar en diálogo con ellas; y solidario, en tanto que no busca lo suyo propio exclusivamente, sino su bien y el del prójimo, y tanto más democrático cuanto más amplia su capacidad de pensar en otros y combate la reductibilidad sobre sí mismo.

Son tres patas, que en gran medida me recuerdan al eslogan ilustrado: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Convertir la fraternidad en poco menos que “solidaridad” voluntaria, ha sido un error histórico de primer orden, quizá propiciado por quienes creen que otro mundo distinto al de la libertad y la igualdad les beneficia en algo.

Dicho lo cual, el tema está complicado. Pero el problema no es de la “clase política” sino de la ciudadanía que se proyecta sobre la clase política. Y en esto sigo siendo enteramente democrático: el poder sigue estando en el “demos”, como convivencia, y no en el “pueblo”, como enfrentamiento. Pero de esto último no nos enteramos.

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