Escribo en defensa de los jóvenes. Aviso para navegantes digitales que llegan a este blog de un humilde profesor. El punto de partida básico es que esta frase, que he escuchado de muchas maneras y formas a “supuestos adultos” (cada vez, y no lo digo yo, lo dice todo serio informe sobre expansión de la adolescencia incluso más allá de la asunción de responsabilidades plenas y exigentes), va dirigido infinitas veces hacia jóvenes y no pocas veces, con un humor cada vez menos gracioso, hacia mujeres. Hago el subrayado sobre las mujeres para poner en relieve la injusticia, más que evidente, que subyace.

Volvamos a ese travieso adulto, de apariencia más que dudosa, que se paseaba por calles y espacios de Atenas hace más de 2400 años. La referencia cronológica no es baladí. Huelga la redundancia y vigencia. Aquel del que otros dirán que era el filósofo entre filósofos en toda la historia, se dedicaba irónicamente a interrogar a adultos muy adultos sobre sus opiniones, prácticas e ideas que sostenían su vida. Lo socrático nada tenía que ven entonces con lo académico y desplegaba su costumbre de hacer preguntas mucho más allá de lo correcto, aproximándose continuamente a lo desbordante y excesivo, incluso a lo hilarante, que no hiriente por mucho que ciertas bromas fueran mal acogidas.

Nada hay más absurdo, creo yo, que encontrar adultos que dicen saber en qué sostienen últimamente su vida sin apelar a dudas y a creencias. Nada más absurdo, y nada gracioso, que estos adultos juzgando la vida de otros por la propia vida, sentenciando el destino ajeno al tiempo que lloran a escondidas el propio, sin temor ni temblor y con plena condescendencia con el “es lo que hay” del mundo.

Que me metan en un lugar apartado si me equivoco, pero infinitas veces los presuntos adultos piden ser comprendidos por los jóvenes sin siquiera comprenderse ellos a sí mismos y negando su propia inteligibilidad racional, emocional, social, histórica… Y que el espaldarazo que se hace a la máxima délfica es causa de un mal que rueda por el mundo sin medida, generación contra generación, que se llama orgullo y soberbia.

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