No seré el primer profesor, ni el último, en quejarse de esto. En el ideal de la educación (no realizado jamás), tendría tiempo y tiempo de sobra, holgado y descansado, para escuchar, contemplar y casi extasiarme con los alumnos. ¡Qué gozada!

La vida es otra cosa. En la vida suceden, a cada rato, innumerables cosas. A otros, a mí. Quizá el orden importa en este caso. Voy y vengo. El descanso es lo menos conocido. Y sigo adelante empujado por algo que más bien desconozco y se llama tiempo. De vez en cuando el tiempo me permite mirar al tiempo que pasó. Recordar va de la mano de lamentarse y arrepentirse, si se mira en profundidad. También se concede el dulce atisbo de lo que se puede soñar, cuando mirar lo que va llegando no genera agobio y preocupación.

Aquí el problema no radica en la disponibilidad de tiempo. Siempre mejorable, sin duda. Sino en qué ocurre con aquellos alumnos con los que me cruzo a diario. El adulto está en mí, yo soy el servidor, por decirlo de algún modo. Qué entienden que me pasa y cómo les hago vivir el minúsculo encuentro que tienen conmigo. De verdad, lo digo muy sinceramente, eso es lo que me preocupa. Si se ven atendidos, aunque sea el minuto que tenemos. Si de verdad les escucho, en las breves frases que pronuncian. La escuela es educativa en su sentido más puro, un reto permanente para la humanidad de quien enseña más incluso que para la humanidad que se despliega en quien, en principio, aprende.

Lamento enormemente, más que no tener tiempo, desperdiciar el que sí tengo. Pasar por las galerías sin saludar, no ser capaz de detenerme con quien lo necesita, entrar en clase marcando la pauta de la prisa y el agobio sin preguntar a nadie qué tal está. Mis alumnos saben, no sé si se ha acostumbrado, que les pregunto con frecuencia qué tal están. Y que, cuando voy con prisas, les pido perdón. Al margen de estas dos situaciones, cargo con esos alumnos que me miran, cuyo rostro me dice aquí estoy y no me conoces, y con lo que no sé de ellos por no preguntar y quizá debería saber.

Mi tiempo no es del todo mío. Y tengo las mismas 24 horas que todos día a día. Veo, sin embargo, que esas 24 horas de reloj necesitan una humanidad y carga que no viene dadas por ellas mismas. Mi tiempo, no sé cómo expresarlo mejor, me pregunta qué haces conmigo además de consumirme.

Lo que enseño no es más que una oportunidad de proximidad para abrir el horizonte y las posibilidades de mis alumnos. No hay nada que preocupe más a un buen profesor que sus alumnos y sus posibilidades cuando ya no sea su alumno, ni él sea su profesor. El tiempo entonces será distinto para el alumno, mientras el profesor permanece encerrado en lo nuevo que le puede parecer conocido. Pura exigencia.

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