Por primera vez en la historia, la Iglesia ha convocado un Sínodo sobre jóvenes con la intención, en principio, de escucharlos. Por primera vez en la historia, porque es nuestro tiempo el primero y único que ha dado voz con tanta fuerza a la juventud, hasta el punto de que parezca girar todo hacia ellos. Cuando digo todo, me refiero a todo. Desde la moda, las formas y costumbres, la política, el comercio, la economía.

Dicho lo cual, queda claro que el interés por el que se escucha no es siempre el mismo. Puede darse el caso, y de hecho es así, que detrás de tanto protagonismo para que hablen y hablen sólo quepa una motivación torcida que busque el uso y la manipulación. Dicho muy brevemente, en forma de pregunta: ¿Se instrumentaliza la juventud? ¿Qué se busca realmente con todo este movimiento de escucha?

Personalmente me sitúo del lado de que es el primer momento en la historia en el que los jóvenes pueden hablar y provocar mucho impacto. El auge de las redes sociales les ha dotado de esta herramienta de expresión, que no quedó en una conversación entre particulares en su esfera privada, sino que ha saltado y ha ido dominando progresivamente la esfera social (por ser fiel a la terminología arendtiana). Se pasó por alto hace un par de décadas las consecuencias que todo esto podía tener.

No digamos ya con la capacidad para recabar datos, hacer estudios, crear modelos de jóvenes sobre los que actuar, discriminar según “targets” y encerrarlos en círculos que se retroalimentan. Los jóvenes, a mi entender, siguen siendo jóvenes. Y algo me dice que, pese a tanta actividad y originalidad, tremendamente vulnerables y manipulables. No digo más.

Dos actitudes, una vez más se enfrentan y no son siempre discernibles por ellos mismos. La de quienes escuchan para mantenerlos como fin, respetando su vida, y la de quienes los enfrentan como medios a los que sacar algo, de los que obtener rédito. O servirles o servirse de ellos. No hay más. O lo uno o lo otro.

Insisto en que los jóvenes no serán capaces de distinguir. Es más, añadiría que más bien al contrario. Quienes los escuchan con miras utilitaristas y pragmáticas, quienes ansían apoderarse de su vida en lugar de que la vivan con autenticidad y libertad, y crezcan en ella, serán los más persuasivos, acogedores, comprensivos y les darán más cancha. Escuchar a un joven, desde mi experiencia, obliga a decir algo siempre. No sólo a escuchar y respetar, manteniendo en la distancia, sino a ser partícipes de su vida de algún modo, incluso sintiéndome responsable de él mismo.

Termino. Por si fuera poco, la sociedad mirando de este modo a la juventud no pocas veces se infantiliza. Regresiones sociales, no sé si cabe hablar así. Vuelta sobre los propios traumas con ocasión de no sé qué. Lo voy a decir, porque si no, reviento: escuchar a los jóvenes, para qué, para abrir su horizonte, para ofrecer nuevas y buenas posibilidades, para darles el testigo de la historia, para velar por el conjunto de la humanidad… Quieren ser escuchados, pero fundamentalmente entrar en diálogo. Recibir una palabra comprensible, seguir hablando.

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