He compartido en redes el siguiente mensaje:

Lo mejor es enemigo de lo bueno.
O sobre cómo el bien del otro no siempre cumple nuestros deseos y nos impide agradecer lo bueno que recibimos.
O sobre cómo es un castigo continuo exponerse al juicio de los demás, cuando desconocen toda intención y preocupación del alma.
O sobre cómo nos cuesta ser lo que somos y recibir a los demás como lo que son.
(En francés suena más molón, pero la cuestión es la misma.)

Lo mejor es siempre una tensión en la persona, diría que incluso en lo humano, sin entenderlo fuera de la carne y el hueso. Muchas preguntas tratan de dónde y por qué, y muy pocas de hacia dónde o para qué. La finalidad, tan difícil de atrapar, es lo que en verdad empuja el mundo. No de dónde venimos, sino hacia dónde vamos. No lo que hay, sino lo que puede o debe haber.

La cuestión es compleja y no apta para todos los públicos. Algunos, que lo viven, no han reparado en la cuestión. La psicología, tan presente en nuestros tiempos, nos hace bucear en el pasado, porque según estas ciencias se trata así con hechos, y queda reducido a nada o incomprensible el deseo, la tensión humana hacia el bien. Me lo encuentro con frecuencia y es difícil dialogar con quienes no pueden plantearse algunas preguntas porque les parece vacuidad y casi “nada”. Está ahí. Lo viven. Pero reprimen o son reprimidos en las preguntas que tienen que ver sobre lo que no hay. La nada, como Misterio.

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