Durante la vida hablamos mucho. No cabe otra. Incluso sin saber lo que significan las palabras o qué consecuencias tienen. Las desligamos tanto de la acción que en ocasiones parece que se puede hablar sin más, como si tal cosa.

Por experiencia, que jamás podré olvidar y tengo siempre presente, ante la muerte se habla en otro tono. He hablado con personas antes de morir que, en su extrema y radical lucidez, eran incapaces de palabras vacías. Todo lo que decían era su propia vida.

He leído del tirón un libro que me ha sobrecogido e impresionado mucho. Lev Tostói, el de la foto de portada en su sillón y acompañado de sus libros, escritor de novelas esenciales para entender el final del XIX y principios del XX. Con una vida que yo no desearía vivir jamás. En un pequeño “ensayo” titulado “La ley de la violencia y la ley del amor” viene a decir algo así como que el cristianismo (no soporto personalmente esta palabra terminado en -ismo desde hace tanto…) vive de espaldas a sí mismo, sin fe, dejándose envolver por la cultura del momento y acomodándose a los tiempos sin guardar su esencia, sin acoger lo que se le ha revelado, sin creer de verdad y hasta el extremo en Dios.

He quedado muy impactado. No me cabe respuesta en mí mismo coherente. Entiendo lo que dice, estoy absolutamente de acuerdo. Sólo un pero, un pero muy personal. Si la excelencia tiene que medir mi vida ahora, en lugar de ser una llamada permanente a la que acercarme, estoy perdido para siempre. Si el bien absoluto es la medida de la persona, nadie quedará indemne. Dicho de otro modo, si la religión no es una radical tensión (y no una radical presencia en el mundo) mucho me temo que siempre estaremos a vuelta con lo mismo. A mí mismo me digo siempre, empezando por mí mismo: “No vivo por lo que hay, sino por lo que debe haber, sin negar que esa llamada y finalidad en la vida es en verdad la que constituye mi esencia.” (Perdonad estas palabras últimas, que no tratan en absoluto de justificarme, que nacen de una dura realidad permanentemente mediocre y en camino, que no quieren ser sino reflejo de una tensión y provocación que, cuando se pierde, a mi modo de ver es cuando surge la barbarie y la maldad más extrema; sin embargo, cuando permanece como cuestionamiento, crítica e incluso malestar es una bendición).

Las personas son capaces de decir las palabras más verdaderas. Pero la prudencia llega siempre tarde.

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