Precisamente por esto, porque no todo se enseña de la misma manera, es por lo que hoy resulta esencial la reflexión sobre las diversas metodologías. Un método es un camino hacia algo, no un fin en sí mismo.

El gran error de la educación moderna, que me permito adelantar pero al que llegaremos en breve, será darse cuenta de que hemos olvidado qué queremos enseñar y la pregunta sobre cómo se aprende esto que queremos enseñar. Hoy vivimos tan inmersos en una época de renovación metodológica que considero que hemos dejado de preguntarnos realmente sobre aquello que es imprescindible (obligatorio, según nuestro sistema) que se aprenda por todos los niños y jóvenes en tanto que ciudadanos de futuro.

Luego llegará el momento en el que cada uno, en función de sus preferencias y capacidades decida qué seguir aprendiendo. Pero de primeras nos encontramos con que hay contenidos imprescindibles.

El siguiente paso en educación vendrá de la mano del pensamiento sobre cómo se aprenden contenidos propios de los distintos campos del saber.

En este sentido cabe elogiar la resistencia educativa que mantienen los profesores de educación física, artes y música. Otros parece que se han plegado a los sistemas y metodologías comunes y que más suenan. Quizá entre ellos ha sido muy notable la cesión que ha hecho mi ámbito educativo.

  • Distintos saberes, fruto de la existencia diversa de diversos objetos que se aprenden de modo diverso, a los que no hay acceso real (sólo noticia quizá) aplicando otros métodos. Las matemáticas no se aprenden como se aprende la lengua, y viceversa. Tendrán puntos en común, indiscutiblemente, pero su especificidad abre para ellos un ámbito de objetos propios que sí que es imprescindible que los ciudadanos del mañana hayan suyos y conozcan el camino para volver a ellos. Como el truco de los garbanzos.
  • Apertura del saber, frente a la reducción predominante. Cuando se busca igualar todo pienso en las formas empobrecedoras de lo humano que surgieron en las filosofías del XVIII y XIX. Eran métodos sistemáticos pero reductivos, que salvo milagro, dejaban al sujeto envuelto en unas preguntas que derivaron posteriormente en el puro pragmatismo desde bien jóvenes. La adolescencia como tal quedó sumida en un mundo donde las grandes cuestiones vividas eran aplastadas por las exigencia de responder a problemas de modo algorítimico y robótico.
  • Experiencias educativas diversas. Cuando hoy se plantea la necesidad de experimentar y partir de la realidad del sujeto que aprende, mucho más que la del sujeto que enseña, estamos hablando precisamente de esto. Cuando hoy se percibe desde diversos caminos educativos que resulta imprescindible facilitar el acceso a la realidad al alumno para que desde esa determinada vivencia se conozcan las preguntas que surgen y se intente dar respuesta, incluso por encima de las existentes hasta el momento, se habla de una cierta diversidad. Cada libro en manos de un joven es un libro diferente, cada problema planteado a un joven es un problema diferente, cada relación vinculante con la realidad construye una realidad muy diversa a la conocida hasta el momento por el adulto. El profesor se sorprende en clase cuando hace cosas de estas.
  • Autonomía del profesor o del ámbito. Efectivamente, un buen profesor es un profesional en lo suyo. Lo que ocurre es que la reflexión que debe hacer no puede ser sólo solitaria y personal, porque es muy probable que aquello que considere que el alumno debe aprender esté en diálogo con otros profesores o con los campos que son propios de otros profesores. La diversidad alcanza también a la docencia y en esta diferencia deben existir puentes de conversación y enriquecimiento.

De nuevo, la misma pregunta de antes: ¿Qué se quiere enseñar? ¿Cómo se aprende esto o cómo se enfrenta la persona a esta cuestión? Quizá no para todo valgan resúmenes, esquemas o repeticiones de problemas similares con mayores incógnitas a futuro. Quizá no se enfrente bien un contenido si queda sin más resulto desde el principio para el alumno. Quizá no situemos bien a la persona en su desarrollo cuando lo que le pedimos una y otra vez es dar el siguiente paso en esta dirección y no en otra. Quizá el desarrollo integral del individuo esté muy cuestionado en un sistema que lo que en el fondo mide es siempre cosas similares del mismo modo y oculta aquellas cuestiones que son inevaluables en modo examen, prueba oral o escrita, trabajo o proyecto.

Vivimos este tiempo de revolución pedagógica y didáctica, en gran medida por la pluralidad de voces que aparecen en ella. Pero mucho me temo que esa inmensidad y diversidad camina, en definitiva, en la misma dirección hacia la uniformidad y la supresión de otros métodos, otros caminos, y por tanto de otros objetos o situaciones de conocimiento.

El reto, sano para el profesor y al mismo tiempo muy exigente, no es plantearse cómo aplico tal o cual metodología que suena mucho en el “mercado educativo” sino cómo enseño y cómo educo en los objetos propios de mi campo de saber, que no son precisamente los mismos que el campo del saber de mi compañero que entra en clase antes que yo y del que vendrá después de mí.

Diversidad. Tenemos serios problemas con la diversidad. Nos gustan mucho más las recetas, la uniformidad, el camino único para todos.

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