Pienso en los más jóvenes, directamente en la educación. Pienso en que hace poco, en nuestra tierra, el que podía ir a la escuela asumía una enorme responsabilidad y la familia entera, también los maestros, se comprometían con ello. En mi familia, como en tantas otras, hay ejemplos que desvelan la evidencia. Mi padre -perdón por la confesión- iba a estudiar después de trabajar en el campo y muchas veces me ha hablado del maestro que le acogía, ya de noche, para enseñarle rudimentos básicos.

Hoy todos los chavales van a la escuela. Casi todos, a decir verdad. Hay excepciones, especialmente entre los más pobres. Ir a la escuela ha perdido la responsabilidad que tenía, pasa a ser un derecho sin muchas obligaciones, y aprender es un sacrificio más que una oportunidad. Empiezo a ser consciente, muy consciente de lo que han hablado los grandes educadores de la historia. Es capaz de cambiar el mundo. No por la acción del profesor, sino por el compromiso directo del alumno y su familia. El alumno, normalmente un chaval que comienza a vivir, se entera de poco y no sabe por qué, ni para qué, ni cómo. Es la familia, principalmente, la que debe estar ahí apoyando, animando, dando valor, también exigiendo. Siento esa responsabilidad, además de ser profesor.

Oportunidad de construir su propia historia, cuando llegue el momento. No de pequeño, no como joven probablemente. Sino mirando al futuro. Los padres saben de qué va todo, aunque el más pequeño no se entere de nada. Oportunidad de aprender, abrir su mente, construir el mundo. Por contra, ser siempre alguien que depende de los demás, cerrado en sí mismo, a merced de un mundo que otros deciden como es. Se lamentará de la pérdida de oportunidades. Pudo, no quiso, no tuvo apoyos. Pongo el acento en los apoyos. El más grande de los apoyos que alguien puede recibir en la vida es su familia, cuando busca su bien. El resto, secundarios, momentos y ocasiones. En la familia se juega la inmensa mayoría de personas su vida entera. Me hago mayor, las cuestiones se vuelven radicales. La escuela es apoyo esencial a la familia, pero está a merced de lo que ésta esté dispuesta y comprenda. Como profesor, hay veces que no comunicamos suficientemente bien a la familia lo que está en juego. Más en ese tiempo llamado Primaria, en el que se pierde en entusiasmo y no hay grandes problemas, para la mayoría. Ahí se juega lo esencial, a mi entender. Este año soy profesor en Bachillerato, dicho sea de paso. Pero mis compañeros de Primaria están oscurecidos y son esenciales. Tienen en sus manos algo sumamente importante. Y me consta que lo hacen con mucha vocación. “Ser maestro”, para mí, es un título que toda persona recibe de modo inmerecido, por lo grande que es. Sólo “ser padre y madre” es superior a él.

Lamento que los chavales, niños y jóvenes, pierdan oportunidades en su vida. Se les invita a muchas cosas excelentes, se conforman con lo fácil y cómodo. Creen que están viviendo, pero pierden su vida. Les falta exigencia y compromiso, en parte porque los adultos del entorno hacen dejación de sus funciones y creen, muy estúpidamente, que ellos van viviendo bien. No piensan en su futuro, no les enseñan a mirar hacia adelante, ni en lo esencial.

Anuncios