Últimamente pienso muchas veces que llegamos a la prudencia demasiado tarde. Comenzamos siendo imprudentes en la vida. En todos los sentidos. Imprudencia que nace, quién sabe cuándo, al creernos el ombligo del mundo y mejores que nadie. Pero ahora estoy en ese punto en el que empiezo a escuchar de verdad a mis mayores. Y lo mucho que saben, por experiencia.

Un padre que quiere educar a su hijo, y le da consejos hasta la saciedad, porque lo que teme es que los suyos comentan sus mismos errores. Un padre que quiere ser escuchado porque, en definitiva, sabe que esa juventud prepotente sólo conduce a radicalismos estériles. Creen saberlo todo, sin saber nada. Están de vuelta sin haber ido.

Hace años que me siento ignorante. Ahora muy ignorante. No de cualquier cuestión, sino de las esenciales. No por curiosidad, con ganas voraces de leer libros y encontrar respuestas fáciles, sino por necesidad y sabiendo que cualquier persona con la que dialogue de verdad, lo que aportará será en mi vida mayor misterio. Y la vida seguirá. Tendré que vivir con mis opiniones, que desearía que fueran verdades totales e firmes. Auténticas verdades, que iluminaran mi vida. Apelo a la razón, al pensamiento, pero me reconozco dependiente total y absolutamente de mis experiencias. Nací aquí, en esta familia. Me educaron de este modo. Crecí en tal ambiente. Fui a tal o cual lugar, hablé de corazón con estas personas. Me dejé llevar. Y ahora que intento, falsamente, recuperar las riendas de mi vida lo primero que asumo es que mi vida no es mía, es nuestra. De tantas y tantas personas con las que me siento en deuda.

Cribar no es fácil. Hacer paréntesis, prescindir de todo y acercarme a la realidad. Ejercicio imposible. Hasta que la vida, desnuda y vulnerable, se impone y dice, a quien quiera escuchar, lo frágiles y débiles que somos. Contingencia pura. Necesidad de que yo esté aquí y ahora escribiendo, ninguna. Parece la nada, pero es el todo lo primero que llega. La nada, el vacío, el sinsentido no tienen lugar aquí. Todo está encajado, hasta que se rompe. Y surge el hombre de carne y hueso. Ese ser que ansía la prudencia, que es una forma de hablar de la necesidad de tiempo paciente y sensato capaz de tomar decisiones correctas. Tiempo negado, por otro lado, porque todo sigue a un ritmo imparable. No hay tiempo, sino vida. O al revés.

Y la prudencia es aquello, nuevamente, a lo que llegamos tarde. Ya hechos, curtidos y débiles. Momento en el que la vida deja de imponer sus prisas y se piensa en lo fundamental y lo importante. Abiertos a la realidad, conscientes dolorosamente del mundo, cuando no se puede mirar hacia otro lado. Cuando somos capaces de decir, sin miedos, “hay lo que hay”, “soy lo que soy”. Es más, ese instante en el que desde el que todo se percibe diferente y complejo, se reconoce al otro en la propia fragilidad. Tú serás, yo soy.

Anuncios