Preguntas sobre la religión

He comenzado a leer un libro, no sobre tema religioso, que en sus dos primeras páginas tiene al menos tres referencias a la religión que yo haya podido captar. Las tres negativas, en forma de crítica desenfadada. Quizá, he pensado yo, se debe a una experiencia traumática del autor, poco elaborada. Da la impresión de que esos coletazos se le cuelan en la redacción. Pero me ha hecho pensar en las distintas preguntas sobre la religión y he visto claro que, incluso el ateísmo, sigue siendo hoy una opción religiosa. Y no todo ateísmo habla igual.

No diré ni el libro, ni el autor. Me parece que es un hombre respetado y sigo leyendo con agrado su visión del mundo antiguo.

El hombre religioso da por sentado que Dios existe, por lo que habla de su vida, del contenido de lo que vive.  Y en esa existencia resulta evidente la presencia de Dios, de modo que lo que a él le toca es aclarar y discernir si lo que se vive es de Dios o no. Le pone nombres, lo interpreta. De ahí manan nuevas experiencias para seguir caminando. No se trata de argumentos deductivos, sino de una razón práctica. La religión no está ni alejada de la razón, como algunos quieren hacer ver, ni carece de razones profundas para justificarse. De hecho, hay mucho diálogo interior y exterior en la persona religiosa.

El hombre no religioso debate siempre, respecto a esta cuestión, en el punto clave más allá del cual le parece que no puede pasar y deja de escuchar con autenticidad el resto. Le parece que es un cuento, que no hay vida sino engaño, que no hay existencia de verdad sino fantasía. De ahí que para él todo lo religioso sea meramente institucional, incluso cuando trata de conversar con una persona. Su pregunta, para la que quiere razones y argumentos y sólo eso, aunque luego no esté dispuesto a escucharlos porque cree firmemente que no los hay, es sobre la existencia de Dios y la religión como hecho meramente estructural. Insisto, no le interesa, y aquí creo que está su incapacidad para el diálogo, la vida de quien escucha y las razones que da de ella, teóricas o prácticas. Prefiere lo suyo.

Más allá de la descripción, poco fiable por otro lado, que he hecho, se da en nuestras sociedades plurales y diversas, enfrentadas en lo religioso y muy divididas, una mezcla curiosa. Pues la persona religiosa lleva dentro, a fuerza de escuchar y escuchar, una voz permanentemente atea, y de  igual manera diría yo que le ocurre al que dice ser ateo convencido y sólo eso. También él, internamente, se debate en momentos clave, en los que quizá sienta que está la vida en juego de verdad, en la cesión a la fe, aún viviéndolo como una especie de derrota de su propia razón.

El punto esencial, la cuestión que de nuevo aparece en la reflexión es la vida y la capacidad para ser de corazón y con razones sincero ante ella. No un pensamiento curioso y entretenido, ocioso en el peor sentido de la palabra y mucho menos interesado egoístamente, sino el pensamiento libre, carente de soportes y asideros suficientes para seguir escondiéndose y que afronta la tarea de vivir, que no se puede hacer sin reflexión sobre la vida, ante una pregunta absolutamente sincera, totalmente necesaria, extremadamente honda y con vértigo avanza sin querer cerrar los ojos, presa del miedo sin moverse por el miedo, admirada.

Pero por mucho que se diga, el hombre auténticamente religioso no hace una experiencia intelectual en el sentido pobre del término, sino exageradamente personal abarcando la totalidad de lo que es: me sé amado.

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