Esas que cuando llegan ni las esperas ni -casi- las quieres, porque destruyen y rompen de algún modo el “mundillo” en el que se vivía y en el que todo estaba controlado. Esas preguntas que son absolutamente personales, de las que no se puede pedir a otros más que un breve consejo, que aún así conviene examinar. Para las que no hay expertos, ni hay libros que sirvan del todo. Que se deben responder casi sin tiempo, y no precisamente escribiendo ni dialogando, sino viviendo. Urgen, incomodan, despiertan, simplemente llegan.

Y a la vez, portan una respuesta que es necesario investigar y por dónde empieza, sin saberlo, una búsqueda. Implícitamente dicen tanto que ponen en marcha y remueven, recolocan la existencia, nos hacen estar en el mundo sabiendo -al menos sabiendo- que no cabe existir de cualquier modo, ni todo vale.

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