Millones de personas vivieron (y murieron) antes que yo

Millones y millones. Vivieron y murieron. Estuvieron aquí, se entregaron e incluso hicieron cosas admirables, y ya no están aquí. Y este pensamiento me sobrecoge desde hace tiempo.

Después tuve la oportunidad de leer a Unamuno, a Rosenzwieg y otros. No hay soluciones simples. Pero mientras los leo sigo vivo. Y pienso que no aprendí de ellos la lección última y radical que quisieron enseñar y mostrar al mundo. Cuando digo que me sobrecoge, no digo ninguna tontería. Porque pienso en todos, en la medida de mis posibilidades, de los que viven en el mundo y percibo cómo se da la espalda a esta verdad última, y están aquí sin querer darse cuenta de lo que supone. Una especie de negación de lo ya aprendido -siempre en carne ajena-, que no terminamos de asimilar del todo.

Un día es un único día, y no hay otro. Un momento, este ahora, es el único momento en el que se puede vivir o no vivir, existiendo sin más como pasando de todo. No hay alternativa y lo demás serán parches, remedios sobre lo irremediable, compensaciones sobre aquello de lo que solo cabe arrepentirse sin caer en el remordimiento paralizante y seguir adelante de otro modo.

Aprendí esta lección, sin querer y sin saber por qué a mí y no a otros, con poco más de 19 años.  Me desveló. Dormir fue un lujo. Lo recuerdo hasta el punto de que me despierta aún hoy. Era como vivir con excesiva consciencia y el mundo en el que vivo se me convirtió en extraño y un tanto ridículo, en adormecedor, en pura apariencia y engaño de esta verdad que obliga de tal manera a vivir que no cabe estar en el mundo de otro modo más que con los ojos abiertos.

Cuando pienso en los que vivieron antes que yo, y son mejores que yo, me doy cuenta de que la oportunidad de vivir, como el sol que alumbra, se da a cualquiera. No estoy aquí por ser mejor que otros, ni mucho menos. Es más, estoy aquí “sin querer” haber vivido y al mismo tiempo pensando que no pudo ser de otro modo. Pero no lo pensamos. Los que estuvieron antes que yo, y a quienes reconozco mucho mejores, dejaron algo más que su memoria. Todos y cada uno enseña algo, que cuesta aprender. ¡Vive!

No es cuestión de tiempo. Aunque ahora desee vivir como nunca muchos años. Pero los años no dan la vida, ni me harán vivir. Sin embargo, el tiempo es la condición de la vida tal y como la expresamos, a pesar de vivir naturalmente de otro modo.

Me pregunto si es por ingenuidad o lo más natural en el hombre. Lo primero sería velarnos a nosotros mismos, lo segundo lo más profundo del ser, prueba de eternidad. Más bien pienso en lo segundo, porque no es natural del todo descubrirse en el tiempo con un anhelo mayor, que no nace necesariamente del miedo. El miedo es la raíz de muchos males. El anhelo, por no usar la palabra deseo, nos habla muchas veces, y a pesar de nosotros mismos, de nuestra auténtica naturaleza humana y de qué estamos hechos.

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