La razón adolescente

Mis alumnos son mu’ graciosos. Después de una década trabajando entre adolescentes reconozco que estoy enamorado de sus dudas, preguntas y respuestas. Su pensamiento es en ocasiones tan previsible que si, como hoy, hablamos de “Los Anales” de Tácito, puedo anticipar perfectamente las sonrisas y me divierte leer el título del libro y esperar reacciones. Sus conexiones neuronales (u hormonales) son casi automáticas.

Pero cuando intento (en cierto modo creo que lo conseguimos, pero no me toca a mí decirlo) dialogar con ellos, buscamos ejemplos y respuestas, los casos que ponen siempre son radicales y muy extremosos. Adolecen de aquello que Aristóteles -la palanca de Arquímides el sabio fue posterior- llamó término medio (copiado seguramente de la importancia que Sócrates consideró como ser en medio). Que no es sino una forma de hablar de la prudencia en cualquier caso de la vida. Pero el aprendizaje que hacemos de la prudencia no puede confundirse con aquella penosa reacción que también sufren los adolescentes llamada “qué dirán”, “corrección como coacción”. En el fondo, no deciden ellos como tampoco experimentan ellos, sino que sufren en sus propias carnes los males, en forma de miedos y temores, de quienes son más próximos a ellos.

Decir que la razón adolescente, incluso cuando se crea un espacio en el que se puede hablar sin cortapisas, es libre sería una mentira exagerada. En ellos se percibe, dada su poca experiencia y “virginidad intelectual” en impacto que ya genera el consumo de ideas ajenas. Son vulnerables, creyéndose casi inmortales, en grado sumo. Y aprenden a vivir primero con ideas ajenas que con propias. La tarea de educar muchas veces consistirá precisamente en esto: en forzar, con el dolor que conlleva, la mirada sobre sí mismos y el examen de aquello que ya han “comprado” (creído como cierto) sin ni siquiera saberlo.

Por otro lado, se sienten increíblemente interpelados. Como ningún otro momento a lo largo de la vida. No sólo por egoísmo, que también, sino mostrando la preocupación natural que cada persona tiene sobre sí mismo. No diría de esto ni una palabra más, salvo lamentar el terrible olvido de sí mismo obligado con el que carga la vida “madura”, socialmente entendida. Para entonces, esas personas adultas que se creen personas sólidas en tiempos líquidos, no hacen muchas veces sino vivir de las pobres opiniones ajenas que han ido absorbiendo a lo largo de la vida. Educar, hoy contracorriente como siempre fue y será, significa dar la oportunidad de pensar por sí mismo y volver a las personas precavidas (nunca sospechar, pero sí dudar) respecto a las ideas de otros, muy particularmente aquellos que las exponen con seguridad y desde las cátedras del absolutismo (político, ideológico, sobre la amistad, sobre la diversión, sobre el trabajo, sobre la felicidad) de las ideas imperantes.

Los niños, aquellos que están antes que los adolescentes, no tienen capacidad para sobrevivir en contextos donde las ideas existen. Las respiran, las asumen, las hacen suyas y, en algunos casos, se dan cuenta de esta terrible herencia, más penosa y configurante que la biológica. Los adolescentes quieren pensar el mundo, porque ya se les ha abierto el mundo interior en el que pueden habitar y vivir y se dan cuenta de su importancia crucial, frente al mundo en general. Al primer mundo propio algunos llaman vida, y el segundo simplemente mundo o pura exterioridad. Pero cuando los adolescentes encuentran esa “vida propia” ya decorada con cosas ajenas, su inmediata reacción es la protesta, la queja y la exigencia de hacer suyo todo. Lo cual, pese a su primera intención impulsiva, cuesta mucho hacer y terminan la mayoría en la conformidad con lo recibido. No pensaron suficiente porque pensar resulta demasiado exigen en un tiempo en el que se despiertan enormemente otras pasiones que tientan en el exterior. Lamentablemente lo interior queda, en no pocos casos, relegado a los pobres y cansados silencios nocturnos o a las tragedias que nos piden batallar sin haber forjado armas poderosas.

Lamentable es no salir de aquí, en serio. Porque aunque sea un tiempo necesario, no puede quedarse la persona aquí, en este tiempo bisagra para tantas cosas. Ahora bien, también me duele creer que se deja atrás como algo malo aquello que quizá sea más precioso de este tiempo: la novedad, lo inesperado, las primeras experiencias, la capacidad de sorpresa y admiración, el quedarse traumatizado por la realidad, la vulnerabilidad, la inquietud, la flexibilidad y la apertura. ¡Adolescentes, por favor, conservad lo mejor y superad lo peor! ¡No al revés!

Insisto, los adolescentes son mi mundo.

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