Que lo solucione la escuela

No sé cuántas veces habré escuchado esto, de una u otra manera. Problemas sociales, culturales, de convivencia e integración, políticos, económicos, educación vial, igualdad… todo parece que tiene que solucionarlo la escuela. Ya no hay freno. Queda muy bien decir que se va a hacer algo (para la siguiente generación) y que tiene que cambiar (otros tienen que cambiar). Al final los chavales terminan hartos y no terminan de comprender por qué quienes sí pueden hacer algo desde ya mismo no lo hacen. ¿No genera esto indiferencia?

No digo que no sea importante aportar desde la escuela. ¡Claro que sí! ¡Y más si cabe! Pero los problemas de los adultos, para los adultos y, en la medida de lo posible, adultamente, sin infantilismos ni adolescentadas. Los jóvenes tienen de buena su pasión y entrega (si no se corta ni capa), pero sus mismas emociones les conducen donde no quisieran llegar. Esto es así, ha sido así siempre. En las organizaciones sociales antiguas, esas en las que empezó la democracia por ejemplo, ciertos asuntos estaban reservados a los ciudadanos que podían hacer algo para cambiarlos y no cabía mirar hacia otro lado. Se exigía implicación máxima de los concernidos en el tema. A los jóvenes, sin embargo, se les hacía esperar y esperar, hasta que fueran capaz de trabajar sus pasiones y aplacarse un poco en los humos (maravillosos humos e ímpetus) de la juventud.

Será que me voy haciendo mayor, pero últimamente me estoy encontrando con notables ejemplos de personas que han reconocido sus errores del pasado en esta línea. Y no se cortan en decir que ojalá no los hubieran cometido, que es la parte buena del arrepentimiento. Que en ocasiones se escucha que los volverían a hacer. Gente sabia, como esta, quizá curtida por los años y las experiencias, es más que necesaria hoy. De los que están de vuelta habiendo ido, y que vuelven como aquel de la caverna para intentar ayudar a otros, porque todavía la vida se lo permite.

Agitar y manipular a los jóvenes me parece de lo más cruel. Implicarles en aquello que todavía no pueden ni deben asumir, una irresponsabilidad. Hacerles creer que el cambio es posible y se puede llegar al “paraíso” por la vía rápida, sin atención de nada más y sin conocerse a sí mismos, una maldad inconmensurable.

A mis jóvenes deseo la paciencia y la preparación lenta, que no va sólo de estudiar y aprender muchas cosas sino de arar la propia vida con tenacidad. También les invitaría a la confianza en los mayores, porque algún día ellos lo serán y sabrán lo que es el peso y la responsabilidad de que alguien confíe en ti auténticamente para algo. Frente a los gritos de la violencia que se agitan en las calles, y las olas de barbarie que se extienden por Europa, mesura y prudencia.

Aunque sepamos que ni el mal ni la mentira vencen, su proximidad da miedo. ¡Mucho miedo!

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