Como si fuera el único

Pienso estos días en las cosas que se viven como si fuésemos los únicos que las vivimos en el mundo. A pesar de saber que existen millones y millones que han compartido y comparten nuestro destino. Da lo mismo, es como si no hubiese nadie más a la hora de la verdad. Lo vivimos de forma tan persona y propia que, ciertamente y en verdad, somos los únicos que estamos viviendo esto.

Lo demás nos parecen meras semejanzas a lo propio. No por desprecio de nadie, sino por la intensidad con la que nos vemos inmersos en esa vida que nos supera y desborda, que tratamos de acoger y no cabe dominio alguno sobre ella. Estamos tan involucrados, tan envueltos que otro modo de afrontarlo sería falsearlo. Somos únicos, no es posible hablar de otro modo. Y por mucho que se piense se vuelve al punto de origen.

Las circunstancias, qué más dan. Lo fundamental es el hecho en sí, el núcleo y fundamento alrededor del cual gira todo. Es su presencia inesperada, de la cual nadie puede  hablar igual que quien lo vive en primera persona, lo que concentra todo. Mucho hay de accidental, pero lo nuclear se hace patente. Sin un despiste excesivamente grande, se percibe casi de manera natural.

Transforma la vida, la mejora. Cuestiona y convierte el corazón.

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