Escribir, como exponerse

Muchas veces pienso en lo que supone escribir en estos tiempos y que es una forma de exposición de uno mismo no fácilmente soportable, mientras te mantengas en los límites de lo correcto. Pasada una cierta frontera, la incomprensión se vuelve atroz y la tentación de retroceder se hace fuerte. Pero incluso dentro de lo políticamente correcto, de lo aceptado incluso por la mayoría, encontramos otro tipo de retos y dificultades.

Pienso en Sócrates, en Jesucristo, en que ambos rechazaron la escritura como forma de comunicación y prefirieron siempre el encuentro directo con el receptor de sus palabras. Lo que vino después con Platón o los evangelistas no es una traición, sino testimonio precisamente de lo contrario, de lo sublime de aquellos encuentros y la necesidad de guardar y custodiar lo que aconteció, lo que se dijo, lo que se vivió en definitiva con la esperanza de que otros muchos tuvieran la misma suerte. Pero puede no suceder. Cabe el desastre de volver sobre el texto con intención de no dialogar, como hoy también se puede leer en el más puro anonimato lo que otros escriben en la red.

Sigo escribiendo porque me parece que hoy, como nunca, la palabra humana cobra una dimensión popular y democrática como nunca antes, y ésta ayuda a pensar, a vivir, a la reflexión que cada cual debe hacer sobre la propia vida. Sigo escribiendo porque es terapéutico para mí el volver repetidas veces sobre cuestiones de lo más básico y vulgar, o sobre preguntas que me voy haciendo en el desarrollo de la vida. Guardo muchas otras, que no soy capaz de decir, quizá en atención a la corrección que he mencionado y a que hoy, todas estas palabras, van conformando una identidad expuesta que en ocasiones me parece descomunalmente excesiva. Demasiada exposición, demasiada apertura.

Con 15 años disfrutaba de mi máquina de escribir y su sonido. Las tardes las pasaba muchas veces diseñando revistas, redactando artículos, imaginando historias, creando diálogos. De aquellas páginas no conservo absolutamente ninguna. La máquina sigue conmigo, expuesta en el salón a merced de los niños que nos visitan y la golpean. Horas y horas aprendiendo a escribir mecánicamente para luego disfrutar las palabras que salían. Copiaba también textos de libros que me gustaban. Todo un ejercicio mudo, que debía parar por las noches y no como ahora. Mi máquina de escribir, heredada de mi madre, de cuando ella estaba en la universidad, comenzaba a dormir a las 22h.

Sigo leyendo lo que otros escriben y comentando de vez en cuando sus publicaciones. También esto es escribir, estar ahí en lo ajeno. Una colección de bitácoras me acompañan diariamente. No menos de 20 diarias a las que soy asiduo. Diversas y curiosas entre sí. Internet es un mundo en el que seguramente me pierda lugares tremendamente buenos, pero sigo ahí buscando.

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4 comentarios sobre “Escribir, como exponerse

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