¿Te gustaría vivir en una dictadura?

La mayoría dirá que no, casi sin pensarlo, aunque las dictaduras (tan diversas) tienen sus seguidores. No querer vivir en una dictadura parece lo más inteligente y sabio, pues la dictadura no respeta a la persona y su libertad. Cualquier persona que haya vivido una dictadura, sin embargo, no dirá lo mismo. Aquellos a quienes les va mal en la dictadura se mostrarán absolutamente en contra y quizá unos cuantos de aquellos a quienes les ha ido bien (si eso es posible realmente, pero espero que se entienda lo que digo) optarán por la respuesta correcta.

Nos equivocamos radicalmente al considerar, a la luz del terrible siglo XX, que las únicas dictaduras posibles son las militares, las de la violencia y las armas. Se me ocurren unas cuántas más, que no mencionaré aquí para no herir la sensibilidad de nadie. ¡Qué “correctos” tenemos que ser!

Una mala dictadura nadie la quiere. Las maldades de la dictadura, mejor dicho, nadie las quiere. Es decir, aquella dictadura en la que haya hambre, opresión, injusticias, y no sé cuántas cosas más. Si te preguntan: ¿Quieres vivir en una mala dictadura? Espero que seas de los que dices que no. Lo otro, es de necios o locos; que los hay.

¿Y si es una buena dictadura, con un dictador que hace las cosas bien, la gente adquiere y gana riquezas, no hay paro entre los jóvenes y mayores, y quien lo merece recibe la pensión a su tiempo, todos van a la escuela y tienen derecho a sanidad? ¿Y si el dictador impone un sistema en el la corrupción es perseguida sin descanso, mejor dicho a los corruptos porque la corrupción no existe al margen de ellos? ¿Y si se lucha contra la desigualdad, se equiparan beneficios y la riqueza se distribuye con imparcialidad y justicia? Creo que muchos demócratas dejarán a un lado gran parte de sus principios por aplaudir al nuevo tirano (benevolente, diríamos, como se llamó a Pisístrato pero no a sus hijos).

Gran parte del problema de los sistemas políticos, por no decir todo absolutamente todo, son los ciudadanos. Lo mismo ocurre al pensar la ciudad. ¿Qué quiere “la gente”? Que le vaya bien. ¿Cómo? Qué más da. Esa indiferencia y despreocupación, ¿se reflejaría en las respuestas a la pregunta del inicio? Mucho me temo que sí. Mientras a mí me vayan las cosas bien, pensarán algunos, no hay problema ninguno. Cuando vienen mal dadas es cuando comienzan las complicaciones. Y no pocos acudirían gustosos, si no caminan ya hacia ella, rumbo a una dictadura benevolente (con ellos).

Si lo pensamos bien, ¿no estamos más acostumbrados a la dictadura (aunque sea en la vida privada, desde que nacemos prácticamente y no digamos al incorporarnos al mundo educativo y laboral) que a la democracia? ¿No damos excesivamente -de nuevo la falta de prudencia- por supuesto que nacer en un sistema democrático nos convierte en personas democráticas, amantes y defensores de la misma?

Mi respuesta sería no. Me vaya bien o mal. Aunque nuestra democracia, mi propia democracia, esa que empieza en mí mismo, necesita una revisión profunda.

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