Elogio del recibir

Mucho se escribe sobre el dar, poco sobre el buen recibir. Y sin embargo el cristianismo ha introducido en la historia la preeminencia esencial del recibir sobre el dar. Si a nuestra condición humana le corresponde en primer lugar el ejercicio y aprendizaje del recibir, en todo orden de la vida, el dar sólo será después de la apertura necesaria (con la que nacemos según parece, pero que luego olvidamos para tener que reaprender) del recibir parejo a nuestra indigencia, casi natural, que igualmente pasa desapercibida durante gran parte de la vida. Siempre, aunque sea tarde, sobreviene algo a la conciencia que nos retrotrae hacia nuestra finitud, contingencia, precariedad.

Quien recibe, por otro lado, no siempre lo hace del mismo modo. Se recibe con o sin conciencia de ello. Se recibe con o sin gratitud. Se recibe por obligación y muchos creen que también por derecho. También respecto al contenido, hay quien sólo cree que recibe cosas, hasta el día que se da cuenta de lo superficial de semejante apreciación. Otra cuestión más alude al viaje que somos capaces de hacer al recibir: si nos quedamos en el momento, si recordamos un poco más allá todo lo que supone hasta alcanzar el momento mismo en el que comenzó el movimiento de dar, sus preparativos, su persona. Caben tantas diferencias que, pese al relativismo, nos hacen pensar en un buen modo de recibir. No sólo recibir “lo bueno o lo malo”, sino “recibir bien o recibir mal”.

Recibir es algo así como acoger, de modo que todo lo que puede pensar del acoger se puede decir del recibir. O prácticamente todo. En castellano, “recibir” también se usa para quien sale a la puerta de su casa a esperar a alguien. Es más, significa algo más, pues hay una demostrada (y educada) actitud de acogida que se pone de manifiesto en el recibir (a la puerta de casa). No es salir a buscar, sino una forma sublime de espera en forma de invitación alegre. Implica conocimiento de lo que se recibe y también que ha llegado el momento. Desde el mismo atrio del hogar, pues nadie puede hacer esto en casa ajena, se recibe.

Recibir bien despierta siempre algo en la persona, como también recibir mal. Quien recibe es sacudido por algo. Y curiosamente, sin que sea un juego de palabras, se puede recibir bien un mal o un bien, como  también puede suceder al contrario. No entraré en detalles de lo que puede significar esto, puesto que tendría que hablar de qué es lo bueno y lo malo, lo aparentemente bueno y lo aparentemente malo, lo supuestamente bueno y lo supuestamente malo… Pero no cabe duda en que, incluso cuando se recibe con indiferencia o dejadez, incluso bajo las premisas del estoicismo radical, siempre sucede algo. Tal vez por eso el aviso ético.

Se puede no recibir. Cabe, cómo no, la cerrazón, la protección o la no-aceptación. Un temazo. Aprender el “no”, saber manejarlo. Forma parte del misterio de la persona tanto como de su libertad, si no es aquí donde se asienta radicalmente su desarrollo e inicio mismo.

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