Si tú no eres prudente, nadie lo será por ti

Hay cosas en la vida que se pueden delegar. Yo odio ir a comprar ropa, de modo que (casi) el mejor regalo en Navidad fueron unos pantalones. Con estos tendré margen suficiente para no pisar una tienda hasta el año que viene. Pero la prudencia no se puede delegar. Te pueden tutorizar y acompañar, te puedes dejar corregir y corregirte, puedes aprender de otros, pero no lo pueden hacer por ti. Esta situación delegada es de minoría de edad y en ella no hay prudencia.

Lo digo a propósito de las declaraciones que se hacen en Internet, creyendo que casi nadie lo leerá o que dará igual al cabo de un tiempo. Escudarse en el anonimato en un espacio público no es más que signo de cobardía o de no aceptarse a uno mismo o de no entender qué es lo público realmente. En Internet existen espacios para el anonimato, sin ser estos propiamente las redes sociales. Que tú no tengas presente algo, no significa que no continúe por ahí pululando. Ya no sólo imágenes o vídeos con contenidos delicados, sino palabras o mensajes lanzados al aire un día en el que estábamos ligeros de cascos.

Cassandra y la libertad de expresión

Que conste que no es igual la prudencia que la “corrección política”, que de corrección tiene poco. La prudencia es buena casi por sí misma, por aquello que aporta a la persona que la ejercita. Es una visión del mundo más atenta, menos distraída y volátil, más del lado de los principios que de las veletas que se dejan mover al antojo de los hechos, más primordial y primera y menos circunstancia. Prudencia es una especie de distancia que me sitúa en la realidad con consistencia y solidez, percibiendo su complejidad y el valor de lo que ahí en ello. Pero sobre todo, prudencia es la desconfianza de uno mismo y sus opiniones, que no sabemos tantas veces ni de dónde vienen ni a dónde nos llevan, como tampoco nos paramos a examinar del todo si son verdaderas o falsas, buenas o malas.

El prudente no es “correcto”. Hoy por hoy lo correcto es “mojarse”, casi en extremo, empaparse del ambiente y participar de la mayoría. Los antiguos creo que pensaban la prudencia como cuestión de la persona, no del grupo, precisamente por esto. Difícilmente un grupo puede ejercer la prudencia, salvo invitando a los suyos a serlo, educándoles en ello. Pero al final siempre llegamos a alguien que es prudente, se ejercita en la prudencia y quiere que otros también lo hagan.

Excesivo posicionamiento en las redes sociales

Hablar por hablar, soltar lo primero que se viene a la cabeza sin antes reparar un poco en lo que se va a decir (y cómo), es algo tan propio en las redes sociales para muchos como su carácter efímero y caduco. Salvo que ocurra algo. Entonces ahí se descubre el valor de la reflexión, que es la oportunidad que cada persona tiene de corregirse a sí misma antes de que otros lo hagan. Y suelen hacerlo con más dureza.

Pero no sólo por la corrección de los otros, que puede doler. Es por el daño que se puede hacer la persona a sí misma y a los demás. Siempre que hacemos daño a otros nos empeoramos, nos hacemos malos, aunque no lo veamos ni suframos en primer lugar. Pero no siempre ocurre a la inversa. Algunos se hacen daño a sí mismos sin dañar a otros. En las redes sociales fácilmente podemos encontrar casos para ejemplificar ambas situaciones.

Lo dicho, prudencia.

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