El esfuerzo más allá de los estudios y el trabajo

Pregunto a mis alumnos si merece la pena esforzarse en la vida y algunos me escriben un trabajo de un par de páginas. Tienen 16-17 años, han elegido Bachillerato. Tengo muy presente que están empezando a vivir, a pensar, sin más experiencias que las pocas vividas y las muchas recibidas de otros. Todo lo centran en los elementos que creen tener más o menos cerca. El estudio es, según ellos, el ámbito en el que deben esforzarse, su especie de trabajo y tarea en estos momentos. Digo “creen tener” porque no han caído en la cuenta de que lo más próximo a ellos son ellos mismos y los que tienen inmediatamente alrededor. Sin embargo, de eso hablan poco, muy poco. Del esfuerzo consigo mismos por ser mejores, del esfuerzo en sus relaciones para que sean mejores, del esfuerzo con lo más inmediato. Reflejan a la perfección el discurso social: hay que esforzarse en el trabajo.

Me gustaría, aprovechando lo que voy leyendo, destacar otros esfuerzos vitales fundamentales:

  • Esfuerzo con uno mismo. Es la primera tarea que tenemos entre manos: nuestra propia vida, no las cosas que nos rodea. Tarde o temprano descubrimos de qué estamos hechos, y nos preguntamos cómo hemos llegado a ser así. Rápidamente asaltan teorías que nos justifican y defienden: nuestros padres, la sociedad en la que nacimos, el tiempo que nos tocó vivir… ¡Qué pocas nos ayudan a ser responsables de lo que hemos hecho y de nuestros actos! ¡Esta sería el primer gran esfuerzo! Me provoca pavor la mirada educada en centrarse en lo ajeno, tan distraída de sí misma. ¿Por qué no empezar por aquí?
  • Esfuerzo con las relaciones primeras. Sin lugar a dudas cualquier adulto puede hablar de lo exigentes que son las relaciones más cercanas. Sea la familia, que nos tocó sin elegir, sean los amigos, por mucho que creamos que los hemos seleccionado entre los mejores. Por supuesto, la pareja. El elenco de actitudes relacionadas con el esfuerzo personal por la proximidad y la cercanía tiende al infinito. Cuando no nos topamos con la aceptación lo hacemos con la necesidad de llegar a acuerdos, de salir de uno mismo, de comprender al otro, de estar disponibles en casi todo momento. Dar a entender que las relaciones es un ámbito en el que todo debe fluir, es ignorar, con mucho, lo esencial del vínculo y la vinculación.
  • Esfuerzo en buscar la verdad. Acostumbrados, como estamos, a que nos den hecho aquello que debemos pensar, sin la seria exigencia de buscar la verdad, todo deviene en consumo de noticias e información. Sin embargo, la verdad suele ser exigente hasta que se da con ella. Lo fácil son las primeras impresiones, las meras apariencias. Que en algunos casos dicen mucho, en otros más bien poco. ¿No es la ciencia un ámbito de radical esfuerzo? ¿Enseñamos que la ciencia son dos más dos, sin ampliación, sin novedades, sin fracasos, sin horizontes? ¿Enseñamos que el pensamiento profundo se limita al región extensa de las opiniones no contrastadas, simplemente expresadas? ¿Damos a entender que en la vida la verdad da igual, que cualquiera piense lo que quiera? Luego nos damos de bruces con problemas de la magnitud del populismo, del que es convencido fácilmente, de la falta de pensamiento crítico serio y radical. ¡Hasta dónde llegamos en esta búsqueda!
  • Esfuerzo por dialogar. Muy ligado probablemente a lo anterior, pero igualmente más amplio. Decimos y repetimos que nuestras ciudades caminan hacia la diversidad en un sentido muy cierto, pero se nos olvida que la gestión de la convivencia no puede ir de la mano de la indiferencia de los unos con los otros. Junto al encuentro y el reconocimiento mutuo también tiene que existir el interés por la proximidad y el acercamiento a lo diverso, muy contrario esto a la generación de guettos culturales, intelectuales o ideológicos.
  • Esfuerzo por no pactar con la mediocridad. La debilidad y la limitación forman parte de la vida humana, como no puede ser de otro modo. Pero esto de pactar y comprender, casi justificando una y otra vez, que “soy así” implica formas de “maldad”, es una idea muy incorrecta. Conduce a la nada, a la pasividad, lejos de toda forma real de felicidad. ¡No pactar con la mediocridad, ni de primeras ni de segundas! Corregirse, exigirse, ser sincero con uno mismo, buscar el perdón y la paz sin caer en la indiferencia con uno mismo. La intención buena no determina la acción buena, efectivamente; tampoco la justifica.
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