Cómo sé si pienso por mí mismo

Pensar por uno mismo se ha convertido en un lema clásico, que Kant pudo poner de moda pero que viene de mucho antes. La pregunta, sin embargo, sigue ahí y continuará entre nosotros una y otra vez. De lo que estoy seguro es que toda persona tiene capacidad para pensar por sí mismo y de que no todas lo ejercen. Es una tarea realmente complicada, que requiere esfuerzo y constancia.

El gran problema, la necesidad impresiona de ponerse en este camino es descubrir que la vida está en juego, que ser manipulado supone que otros vivan la única vida que tengo por mí, dirijan su rumbo haciéndome pensar que es elegido libremente… Afrontar esta realidad de partida da tanto vértigo que comprendo que lo más fácil y cómodo, para seguir viviendo sin excesiva angustia, sea seguir adelante como si todo estuviera en orden. Aunque sabemos que no es así, del todo.

  1. Reconocer que tengo mucho recibido. Nadie parte, ni de lejos, de su propio pensamiento. Más bien al contrario, cuando se pone a intentar pensar por sí mismo lo que reconoce es que ha recibido cientos o miles de ideas antes, con las que ha funcionado durante años y años. De ahí que muchos que dicen haberlo intentado destaquen entre sus deudas mucha bondad y buena intención, junto con mucha maldad y engaño, cuando no haber sido dominado por malas intenciones de otros. Lo primero, por tanto, pensar lo que pienso, dedicar tiempo a la reflexión y la duda abierta y sincera.
  2. Tener preguntas y velar por ellas. Ver la televisión -así lo explico en clase- supone estar delante de una cantidad ingente de respuestas, que te dicen que el mundo es sencillo y que hay que hacer “esto”. Nadie termina ciertos programas con necesidad de buscar respuestas, sino más bien lo contrario, con la sensación de que ha encontrado la mejor de las respuestas y muchos argumentos que la apoyan. Sin embargo, a pensar por uno mismo se comienza con las preguntas. Esas que muchas veces sobrevienen con urgencia y sin estar preparados del todo para ellas. Son preguntas que despiertan, impiden volver al dulce sueño del propio mundo egoísta y simplista.
  3. Buscar el diálogo abierto y sincero. Pensar por uno mismo, curiosamente y aún sabiendo lo deudores que somos, no es un trabajo ni solitario ni aislado. Antes bien, nos lanza a dialogar buscando los mejores. Y estudiar lo que dicen. No escuchar sin más, sino participar activamente en el diálogo. Mucho me temo que esta cuestión es clave, porque quien no piensa por sí mismo no se expondrá a un diálogo abierto con otros, en el que vete tú a saber qué oye y cuánto teme cambiar. Un miedo irrefrenable, tanto por el error como por lo público y patente que queda en el diálogo. Sin embargo, para quien quiere pensar por sí mismo, resulta indispensable. No puede avanzar sin ello. En tantas cosas hay egoísmo y amor propio, que el diálogo hace un bien indiscutible a la razón.
  4. Salir de lo común. Entendiendo por lo común esos lugares reductores de la realidad, del mundo, de uno mismo, más potenciados por el egoísmo y la búsqueda de seguridad que por la razón. Lo común suele ser en este sentido esquemático, directo, causa-efecto, sin hondura ni profundidad, sin intención, sin nada de lo auténticamente humano. Salir de lo común en parte por no caer en la trampa de decir, hablar y ser presa por tanto de aquello que otros quieren escuchar para sentirnos bien con otros y acogidos. Gran parte del problema es esta repetición mímica que nace de la inseguridad y de querer aparentar.
  5. Ir a lo más sencillo, porque lo complejo es muy complejo. Si tenemos dudas sobre lo más básico, cómo empezar por lo elevado. Empezar poco a poco, como aquel que dice, procurando dar pasos lo más seguro posible. Con sus retos y dificultades. Ya digo que quien comienza a pensar por sí mismo se da cuenta de que hay muchas posibilidades que explican una única realidad, incluso la más pequeña. Y necesita indagarla a fondo. No es un viaje baladí ni por el que se pueda pasar de cualquier manera. Antes, al contrario, resulta apasionante descubrir el tejido del mundo en el que hemos vivido inconscientes durante mucho tiempo.
  6. Explicarse, con palabras casi propias. Quien deja que otros piensen por él, repite una y otra vez las mismas palabras, el mismo esquema, idénticos conceptos. Escuchado una vez, volverá a decir lo mismo casi de igual manera. Sin casi cambios, sin haber dado un paso más allá. Es inamovible, inquieto. Pensar por uno mismo y saber es ser capaz de expresarlo a nuestra manera, con nuestras palabras. La masa se caracteriza muy especialmente por la incapacidad de dar razón incluso de aquello que piensa que piensa por sí mismo. No aguanta ni dos preguntas sin sentirse incomodado. Reacciona, como ya estamos cansados de ver, con violencia reiterada sin cansarse de acusar a otros de sus propias miserias. Pero el pensamiento va de la mano de la creación del lenguaje, porque palabra y razón van de la mano. Un día lo dice así, otros días lo dice de otra. Sigue siendo lo mismo, pero cambia. Ha comprendido lo que hay, ha tocado el ser y el ser se vuelve creativo.
  7. Con tranquilidad, no está totalmente de acuerdo con casi nadie. Pero convive con todos. Si bien es verdad que la presencia del que hace preguntas suele ser incómoda. La soledad del que piensa es brutal. Es parte de su necesidad de diálogo, y la razón por la que sus tertulias las vive como búsquedas o navegaciones. Yo diría que pertenecer cerradamente (cerrilmente) a un grupo como si fuera lo más de la historia sin ninguna mancha o punto rojo, es reflejo de su falta de pensamiento claro y nítido. La tranquilidad que da estar pensando por uno mismo es grande.
  8. Se toma su tiempo. Vuelvo casi al principio. Reflexiona, lee, dice sin miedo no sé y luego investiga, estudia, escucha. Tareas casi infinitas por sí mismas en las que no se detiene. Tiempo no sólo para leer, sino para aprender de lo que lee y pensar lo que lee, lo que ve, lo que oye, lo que hay ante sí, en sí, detrás de sí y más allá. Da vueltas a las cosas. Sorprendente actividad. El tiempo es un valor precioso, por lo que se trata de dar valor aquello que se hace. La primera vez es incómodo verse pensando sin más, la segunda lo mismo. Tantas veces como sea necesario hasta conseguir que sea, de alguna manera, una especie de hábito. Hay ejercicios que acompañan estas primeras reflexiones, como las listas de lo que se piensa, o los esquemas, o el estudio con anotaciones. ¡No abandones si empiezas!
  9. No sabe lo que sabe, ni lo que no sabe. Habla sin miedo, como he dicho, de su ignorancia. Y ese instante es un punto de inflexión en el que está alerta. Quien sabe que no sabe, tampoco acepta lo primero que pasa por delante como cierto. Precisamente por conocer su ignorancia. Humildad, un clásico. Que refleja de otro modo cómo la búsqueda de la verdad no está ni mucho menos separada de una actitud ética auténtica en la vida misma.
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