¿Quién tendría que ir a la huelga contra la #LOMCE?

Me resulta lamentable que la única forma de elevar propuestas (no protestas, simplemente) sea una manifestación pública y “tomar las calles”, tal y como lo escucho. Porque entiendo que son tantos los implicados y tantos los que se muestran displicentes, que no comprendo bien cómo sigue adelante una propuesta que ha ganado, con diferencia, la unidad de prácticamente toda la comunidad implicada. Pero en principio, diría que deberían ir a la huelga todos aquellos que (pudiendo soportar las consecuencias, también económicas) estén en contra de la LOMCE siendo directamente implicados por ella. Creo que esas son las normas básicas.

Cuando lo que se plantea es una huelga en #educación, muchos pensarán que son los profesores los que deben defender sus derechos y, en cierto modo, también los alumnos informados. Respecto a lo segundo, sinceramente me caben más dudas y sospechas que otra cosa, sobre todo viendo la reacción de algunos y su forma de manifestar la opinión. Peor me faltan las familias, las madres y los padres. Esos que, estando informados, sabiendo las consecuencias (más o menos) y considerando la gravedad, no pueden participar porque a ellos, en principio, no les alcanza este derecho a huelga. Aunque sean, por otro lado, reconocidos como necesariamente implicados en la educación y formación de sus hijos, y para otras cuestiones recaiga sobre ellos la obligación de educar o facilitar la educación de sus hijos. No soy capaz de comprender que no puedan participar, siendo parte implicada en la cuestión educativa.

A los alumnos, si tengo que decir lo que realmente pienso, los dejaría al margen. No porque no sean sujetos de derecho, sino por la facilidad de manipularlos. A los alumnos, con todo mi respeto, hay que enseñarles a pensar, dotarles de herramientas, pero no implicarlos tan pronto en temas sociales. Ya les llegará el momento -ojalá- de que sean ellos quienes tomen la voz y riendas de la cultura, el desarrollo, la cooperación, la solidaridad. Los adultos sabemos (o deberíamos) que es más complejo de lo que parece.

Lo que sí consideraría como esencial es la necesidad de estar informado, de tener una opinión propia que no provenga meramente del grupo (o de la masa, del dejarse llevar por lo que otros dicen sin tener tiempo para pensarlo seriamente). Es decir, un pensamiento que cobre forma de alguna manera y sea robusto. Respecto a la LOMCE, aún siendo consciente de que muchos deseamos cambios, no comparto que sean estos cambios los mejores. No se trata de cambiar por cambiar, sino de mejorar. Insisto siempre que puedo en la diferencia, porque cambiar puede ser también empeorar. Y respecto al pensamiento informado, me fiaría de los que más saben, que no pocas veces son los más mayores. Les preguntaría qué les ha aportado la educación, incluso a quienes no pudieron recibirla plenamente. Seguro que ellos saben dar una palabra clave en todo esto.

Pero vuelvo al inicio, a la primera línea. Es lamentable (y es decir poco) que diferentes propuesta sobre educación y diálogos auténticos queden en nada. No se puede llegar a grandes acuerdos en muchas cosas, pero aquí tenemos una ley que ha llegado a grandes desacuerdos, y nos tendría que hacer pensar seriamente. Lamentable es también que aquellos que se muestran contrarios a la LOMCE, a menosprecio de las humanidades y a la consideración de la educación como mera antesala del mundo laboral y la preparación para la vida profesional, olvidando y ninguneando sus objetivos más altos, no tenga más remedio para ser oídos y para hacer presión que paralizar las instituciones. Lamentable es que en democracia no se imponga otro tipo de racionalidad que la que tiene origen en la presión y en la fuerza, de algún modo. No creo en esto, no pienso que sea el camino a seguir. Sencillamente, no lo comprendo.

La protesta (mucho menos la propuesta) entiendo que quiera ser “apropiada” por algunos grupos. Pero mal servicio hacen a la educación en general cuando sus miras son tan cortas. Si la reforma que se desea es de acuerdo social, auténtico y sincero pacto, no puede hacer de la imposición de unos frente a otros. Sean quienes sean. Y seguiré defendiendo que la educación es mucho más, en cualquier aspecto que se asuma, que cada una de estas partes.

Mi opinión, como siempre, es mía. Y estoy seguro de que no tengo toda la verdad, como estoy convencido de que otros, con opiniones muy diferentes quizá, tengan mucho que enseñarme. Lo que escribo procuro siempre que sea dicho con prudencia. Por cierto, las calles son de todos. No hay mejor espacio para el encuentro que la plaza pública. Y cuando alguien quiere apropiárselas, está “privatizando” un bien público. Sea quien sea.

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