Las crisis del profesor

Un profesor puede estar en crisis por muchos motivos. Empezando por cuestiones personales, que comparte con el resto de la humanidad. Pero también creo que hay algunas cuestiones que pueden ser llamadas específicamente “crisis del profesor“. Estas no son las comunes, como las de la edad o como las que comporta la realidad misma en conflicto con ciertos ideales. Sino propias de la profesión docente.

Como comunes entiendo aquellas que van de la mano con nuestro vivir auténtico y nuestro sumar experiencia haciéndola vida. Supongo que muchas profesiones, de las que portan un ideal grande en su interior, también obligan a replantarse la ilusión del inicio (cuando no cierta ingenuidad) y repensar seriamente capacidades, deseos, sueños. He visto a varios superar estos momentos haciéndose fuerte en sus principios y otros sufrir este tiempo hasta casi perder su esperanza y sentido. Pero aquí, como digo, nos encontramos muchos en el mundo, no exclusivamente profesores.

Creo que las crisis del profesor y de la profesora, del maestro o de la maestra, no son sólo cansancio acumulado. Tampoco es esto. Lo de repetir año tras año, como me decía un antiguo director, sin posibilidad aparente de crecimiento y avance. Se trata, es verdad, de una profesión que puede caer fácilmente en la rutina, aunque los tiempos modernos casi obligan a lo contrario. Y, de un modo u otro, está en la mano de cada cual, o del equipo del que participa, el innovar, renovarse, avanzar o corregir. No va por aquí exactamente.

Donde sí veo, claramente, que el profesor entra en crisis es al querer y desear lo mejor a sus alumnos, y sufrir de algún modo con ellos en sus avatares. En la impotencia al verlos, en ocasiones, llenos de heridas y dolores, perdiendo sus oportunidades sin aprovechar el tiempo. Aquí hay una gran crisis. Porque en principio un profesor está hecho para lo contrario, para dar permitiendo que otros crezcan. ¡No que se estanquen! La mayor parte de dolores intensos de un profesor, lo que pone en jaque -casi mate- lo que hace amenazando su día a día, va de la mano de conseguir que sus alumnos se desarrollen, salgan adelante, avancen decididamente en la vida.

Otra de las más dudas, aunque no comparable a la anterior, está en la soledad que se vive ordinariamente en la profesión. Entrar con deseos de participar, colaborar, trabajar con otros, y verse en ocasiones arrinconado en un lugar siendo el bicho raro. En las relaciones hay muchas crisis de este tipo, estrictamente vocacionales, profesionales, laborales. Ser profesor, lamentablemente, está acompañado de un sentimiento de soledad que se ejemplifica muy bien al verse el profesor en el aula como único (o casi) adulto. Esto lo he tratado con muchos amigos con quienes comparto ilusión por educar. Dos ya nos parece multitud. Cada uno resuelve en lo suyo, se las ve casi solo ante las dificultades del día a día. Y, como no puede ser de otro modo, merma soledad y empuja al aislamiento. Lamento mucho que haya personas en esta situación.

No son las únicas. Supongo. Pero hoy recuerdo a dos personas a las que debo grandes cosas.

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