Sobre el origen de la religión (3)

En muchas obras magníficas, como “Historia de las creencias y las ideas religiosas” de M. Eliade, todo empieza por los restos arqueológicos y el interés por el enterramiento de los muertos. Ahora bien, no hay duda de que hasta llegar a ese punto, en el que masiva y socialmente se da sepultura y se vela con cuidado por los antepasados, ha sucedido algo. Es más, ni siquiera es testimonio que se pueda relacionar directamente con la idea de una vida después de la muerte o, mejor dicho, una mejor vida más allá de la vida. En todo caso, creo yo, lo que reflejan es el aprecio y cuidado por los seres más queridos, por aquellos con los que convivieron. Pero un pensamiento elaborado sobre cuestiones complejas como éstas, quizá las encontremos sólo después de un primer acontecimiento.

En línea con lo anterior, el gran problema que encontramos es confundir el hecho religioso personal -si es que puede ser de otro modo- con la constitución de ritos y estructuras religiosas, necesarias en cualquier caso. Estas segundas nacen de la autenticidad y verdad de aquellas primeras, de la necesidad de relatarlo y contarlo, del deseo de que otros puedan vivirlo. Se constituyen medios, por así decir, que a la vez son ciertos símbolos -cuando no presencias mismas- de lo vivido religiosamente, de esa re-unión y apertura y transformación del mundo en el que hemos vivido. Los responsables de estos medios, que en principio pueden ser los primeros, pasan en seguida a otra generación. Ahí es imprescindible que los medios sean tan adecuados como precisos y garanticen la vuelta reiterada y continua sobre lo vivido en profundidad. Cuando se superficializan, cuando se intentan dominar, cuando se hace de ellos algo tan cerrado como oscuro, en el peor sentido de la palabra, pierden tanto su fuerza como su capacidad, convirtiéndose de ese modo en reiteración y repetición sin sustancia. Por sí mismos, sin conexión con lo primero, no valen nada, es más, destruyen la posibilidad de encuentro querida en origen.

De algún modo, se puede decir que se quiere trasladar o propiciar la misma vivencia en origen a través de lo más humano que tenemos alrededor. En este intento de llegar a más se construye una comunidad o grupo, que comparte y asume como propia la responsabilidad, y se estructura en torno a ello. Perder el origen, el centro, el núcleo es demasiada pérdida.

Esto lo sabe todo aquel que lo ha vivido, y conoce al mismo tiempo tanto la profundidad como la superficialidad de medios y presencias, a modo de puntos fuertes y débiles. Lo que convendría tener siempre presente es la imposibilidad de manipular y controlar todo aquello relacionado directamente con la divinidad, con el Otro. Así, casi en cada generación  comunidad, aparece esa voz que pretende una y otra vez abrir camino hacia lo esencial y que sirve, pedagógicamente hablando, a los demás para no perderse ni dormirse en bagatelas y menudencias.

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