¿De dónde viene la envidia?

Esta misma pregunta se la hizo Hesíodo (el gran poeta de la muy antigua Grecia) al verse ante la justicia por la denuncia de su hermano. Para quien no lo sepa, de esto va precisamente todo el libro “Los trabajos y los días”. Y, justo en su inicio, en su primera página, Hesíodo establece una diferencia que yo siempre he considerado fundamental; a saber, que no hay una “Éride”, sino que son dos: una buena y otra mala.

Bien se ve que no hay solo una clase de lucha: en el mundo
son dos: una, aplausos tendrá del varón que la advierta,
censuras la otra; respiran aliento contrario.
La una acrecienta la guerra y discordia dañina,
¡cruel!, no hay mortal que la quiera, sino que, forzados
por ley de los dioses, dan honra a Discordia insufrible (7).

A la otra, engendróla, primero, la Noche sombría,
y el Cronida, señor de la altura que mora en el cielo,
la asentó en las raíces del mundo, útilísima al hombre.
Ella incluso despierta al trabajo al de brazo remiso;
anhela trabajo quien mira al varón opulento
que se afana en labrar y plantar, y poner bien su casa.
Y envidia el vecino al vecino que busca, afanoso, caudal:
esta lucha sí es buena a los hombres. Y envidia
el ollero al ollero, y lo mismo el artista al artista,
como pugnan mendigo y mendigo, cantor y cantante (8).

Haríamos bien, para empezar, en no confundir los nombres de las cosas. Y a ciertas envidias dejar de llamarlas tales para tratarlas de disputas. Me gusta mucho más esa palabra. El que llamamos envidioso es aquel que habitualmente mantiene una actitud de disputa con el mundo, como de enfado con todo empezando consigo mismo. La disputa se viste de cotilleo, de murmuración, hace cautivo el corazón frágil y vulnerable hasta retorcer toda mirada ingenua y escuchar sólo palabras agrias.

Pensado así, yo diría que hay una “lucha” entre personas que en unos casos lleva a matar al otro para quedarse sin rival y ser único, y otra, aquí considerada buena, que viendo al otro lo que hace es luchar contra uno mismo. Es más, yo diría que esta segunda necesita del otro para seguir adelante, porque es aliciente, motivación y aliento. Pero su objetivo, sigue siendo el mismo, que además Hesíodo tiñe de un materialismo impropio de su pensamiento, pero muy sujeta a la disputa con su hermano.

Un paso más adelante, cuando la humanidad se dé cuenta de ello, si es que puede hacerlo, bregará para dejar sin voz a las Érides, a cualquiera. Y colaborará con su prójimo. Juntos llegarán más lejos, sin lugar a dudas, que derrochando fuerza y vigor en vagos miramientos.

Otros sabrán más que yo. Hasta aquí puedo llegar leyendo una vez más el prodigioso e iluminador relato de Hesíodo, el hermano no querido.

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