Educar en el compromiso

Hoy he vivido dos clases que me han conmovido. No puedo explicarlo bien, pero salí de la primera con una sensación inenarrable, como el testigo de un acontecimiento único, y la segunda me fue encogiendo poco a poco el corazón. Sólo puedo apuntar, por respeto a mis alumnos, que he estoy profundamente agradecido por lo sucedido y que es maravilloso comprobar cómo se cuidan y apoyan entre sí en momentos clave.

Ahí precisamente engarzo con el compromiso que se da en las aulas. Que a poco que pensemos, somos capaces de reconocer diversos niveles:

  1. El compromiso consigo mismo. O la terrible necesidad de ser sinceros de puertas para adentro, de saber mirar con cierto descaro la propia historia y dejarse sorprender, cuando no sobrecogerse. Educar este compromiso es poner el fundamento de todo lo demás; sin él, construimos sobre arena. Recuerdo a un alumno, llamado Raúl, que hace unos años se prometió a sí mismo ser quien era, ser su mejor versión; no sin dificultades, a lo largo del año vi cómo fue tomando las riendas de su vida y soltando ciertas amarras que le ataban.
  2. El compromiso con el más próximo. Que en el caso del aula son los compañeros cercanos, no sólo el grupo de amigos. Ese próximo puede ser un desconocido al inicio del curso y puede quedar así hasta el final, o se pueden dar relaciones de verdadero intercambio y responsabilidad mutua. Siempre he creído en estas pequeñas projimidades, como una oportunidad para la apertura, el acompañamiento, el crecimiento personal, la aceptación de sí mismo y del otro.  Ainhoa es mi ejemplo; alumna que hace unos años, en una clase reducida en la que trabajábamos todo entre todos, se echó a las espaldas a los que más necesidades tenían, y con carácter comenzó a tejer relaciones de ayuda entre todos. Me quedaba con ellos por las tardes a estudiar en el colegio, pero mi presencia era meramente testimonial.
  3. El compromiso con la clase. En aulas grandes, de muchos más alumnos de los que desearíamos los profesores del siglo XXI, el ambiente es clave. Parte lo generamos los profesores que entramos y salimos, y gran parte se debe a los alumnos. Precisamente estos días he tratado con los de 1ºBachillerato de este asunto, y son bien conscientes de lo que cambia estar en un sitio o en otro. La cuestión es que de cada uno debe nacer la necesidad de generar un clima propicio y distendido, en el que se esté bien. No es algo, de verdad, que esté en manos exclusivamente de los profesores; se da en la medida en que se participa. Y siempre recordaré una clase difícil, muy difícil, en la que entraba dos horas a la semana y los alumnos querían estar, partían de una excelente disponibilidad a lo que sucediera.
  4. El compromiso con su familia. No olvidarlo. Un alumno también tiene una responsabilidad con quienes hacen posible con su esfuerzo que vaya a clase, que estudie por las tardes, que tenga lo necesario. Parte de la labor educativa, en cuanto al compromiso, debería ser clara al respecto. Más aún cuando en casa hay dificultades, o se conocen las dificultades de familias de compañeros. Saber agradecer, despertar la culpa si corresponde y la felicitación por lo alcanzado. Aquí, un contra-ejemplo, de alumnos cuyos padres están en paro y ellos piensan más en sus fines de semana que aportar alegría y satisfacción en casa. No puedo imaginar del todo el dolor de estos padres al ver cómo si hijo va tirando por la borda sus posibilidades de futuro, la oportunidad de no verse en el triste desenlace en el que ellos están.
  5. El compromiso con el barrio, primera sociedad. Sueño con una escuela abierta al barrio y envidio esos colegios de Finlandia que aparecen en tantos sitios, donde las familias colaboran permanentemente, donde se hacen reuniones de todo tipo y viene la gente de la zona, donde se crea un espacio de encuentro y progreso ciudadano. Sueño con ello, sabiendo que es posible. Parte del compromiso de nuestros alumnos debe ser con la zona, y para ello es necesario conocerla y cotejarla con otras. Están tan acostumbrados y hechos a vivir allí, con sus calles y sus zonas, que no saben mirar más allá, ni cómo mejorarlo. Y esto es imperdonable educativamente. Lo contrario de eso que sueño es un espacio en el que los alumnos son encerrados entre paredes nobles, más allá de las cuales no cabe mirar, aislados de la realidad y pendientes de sus libros.

Serían más, pero por aquí está bien empezar. Sinceramente pienso que hay formas y formas de acompañar este camino.

  1. El ejemplo del maestro y profesor. Lo pongo lo primero porque sin ello no vamos a ningún sitio. Si el profesor es el primero que da la espalda a la realidad, no conoce el barrio del colegio (viva o no allí), no hay mucho trecho que andar. Por aquí comienza casi todo. Por aquí y por la familia, por supuesto.
  2. Dedicar tiempo a hablar con los alumnos. Nos empeñamos en tiempos formales, desaprovechando otros muchos encuentros. Recuerdo primeras conversaciones, que luego dieron pie a otras muchas verdaderamente importantes. A Raúl lo encontré un día por el pasillo y nunca antes habíamos hablado cara a cara.
  3. Ser exigentes, sin demasiados paños calientes. Sin consolar antes de tiempo, dicho de otro modo, acogiendo la frustración sin medias tintas. Lo que vive en ese momento es crucial, es su tiempo de responsabilidad, de acogerse a sí mismo, de ser dueños de sí. Siempre y cuando no sea enfermizo. A partir de ahí, avanzar y crecer, sin paliar. Duele porque sabe, en el fondo lo sabe, que es mejor y vale más de lo que está haciendo. Le falta ponerle palabras, pero es el siguiente paso.
  4. Valorar los procesos. No todas las personas parten de la misma situación, por lo que tampoco pueden “medirse” igual los resultados. Algunas personas comienzan a crecer llegando a mínimos, cuando otras deberían estar pensando, sin conformarse, en sus máximos personales. Cada cual hace su camino, y un educador, mucho más si cabe un padre, debe ser capaz de tratar a cada cual como único.
  5. Abrir puertas, mostrar posibilidades. Decía ayer que el problema de los jóvenes muchas veces no está en relación al deber, en algunos aspectos, sino a los cómos. Se agobian y pierden cuando no saben cómo hacer algo. De ahí que sea necesario que alguien ofrezca posibilidades donde salga lo mejor de cada uno. Una experiencia, repetida una y otra vez en los distintos colegios en los que he vivido, ha sido la de ver a un alumno de los mayores, que en clase se hace el duro e incluso resulta disruptivo por sus salidas y malas formas, enternecerse con los más pequeños. Centros que tengan la oportunidad de conjugar Bachillerato e Infantil no pueden perder esta ocasión para abrir puertas a lo mejor de cada uno. Se constata una y otra vez, al menos en mi caso.
  6. Confiar, ver lo mejor. Cansado y harto estoy de los estereotipos que tildan a cada generación joven de no comprometida y despistada, carente de referentes y toda una larga cantinela de improperios. Que no es nueva, sólo hay que ver la historia. Se denigra a los jóvenes sistemáticamente sin confiar en ellos. Y no hay palabra mayor que ésta: Creo en ti. Sobran los consejos.

Pienso al escribir este post, que algunos de mis alumnos ya han ido a países de África, de América movidos por un compromiso por un mundo mejor. También, y muy particularmente, en todos aquellos que con lo más cercano crean vínculos y lazos, en voluntariados de barrio, en asociaciones de todo tipo, en lugares que, en definitiva, muestran lo mejor de cada uno de ellos. Y me sale una plácida sonrisa.

joseferjuan

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