Educa el claustro entero

Para educar a un alumno es necesario un claustro entero en toda su diversidad, e incluso discrepancias. Darse cuenta de esto es dar un paso de gigante en educación. Más incluso que introducir grandes tecnologías y procesos educativos en el aula.

La palabra claustro me evoca belleza, grandeza, proporción, fuerza, historia. Un espacio envolvente, que hemos hecho bien trayendo a educación. El conjunto de profesores es el claustro de un colegio. No es un consejo de sabios, sino una maravilla, una obra de arte acogedora en la que poder hacer camino y pensar.

La tentación del joven que empieza es la crítica de los demás, con una buena dosis de satisfacción personal y mucha alabanza, pero la vida va enseñando, a quien quiere aprender, y siempre he querido ser de los que aprenden, que la educación es tan seria que no se reserva, ni puede reservar, al que está pagado de sí mismo.

Junto a este joven -que he estereotipado a propósito- muchos anteponen el mayor rígido e intransigente, con una experiencia notable y muchas horas de trabajo a sus espaldas, que parece estar de vuelta de todo y al que le entusiasman poco las novedades. Ambos, el joven y el mayor, reducidos en este párrafo que espero que muchos consideren absurdo, no son más que simplificaciones malévolas de la riqueza de un equipo llamado claustro.

He conocido tantos jóvenes arcaicos y mayores inquietos, tantos innovadores descontrolados y sistemáticos exigentes, que me parecen valoraciones obtusas del sistema educativo. Y cuando se hace énfasis en las diferencias, la consecuencia sólo puede ser una mayor división del claustro.

Lo que hace falta en educación es un claustro que mire en la misma dirección. Eso sí. Con sus divergencias y diversidades, con sus acuerdos y disputas. Y eso hace que la educación siga adelante, con fuerza y vigor, y sea capaz de adaptarse auténticamente a los tiempos sin caer en las modas, en los esnobismos. Como en tantas otras cosas (públicas, por ejemplo), lo que es de “todos”, así en difuso, termina siendo de nadie. Y un proyecto educativo fuerte y sostenible (palabra de moda, que no quiera que cayera en moda estúpida) es del claustro.

  1. Personas capaces de dialogar y compartir ideas. Es imprescindible. Docentes que hablan en el claustro con libertad, escuchándose a sí mismos y a los demás. Cuya voluntad no sea imponer su criterio, sino llegar a acuerdos por bien de la escuela. Análisis realista y consciente, superando su propia visión.
  2. Personas capaces de llegar a acuerdos y comprometerse con ellos. No porque la mayoría diga la verdad, sino porque es trabajo de todos. Una cierta dosis de comunitarismo frente al individualismo rampante. Por otro lado, es sabido que lo que se impone desde fuera no ejerce la misma motivación, frente a aquello que se decide desde dentro.
  3. Las etiquetas matan. Lo sabemos porque somos profesores y lo vemos en los alumnos. Una etiqueta es una falsedad asumida como verdad incuestionable, creada como penosa tergiversación de la realidad. Toda etiqueta es dañina por sí misma, porque nos impide acercarnos al otro o preguntarnos por su verdad, por su esencia, por su perfección y bondad.
  4. Diversidad de formas, no de normas. Porque ir en la misma dirección y mirar por el bien del alumno no significa, ni de lejos, hacer todos lo mismo por igual. Soy un idealista nato, porque creo que es posible. Que mis alumnos tengan otros profesores y no se queden horas y horas conmigo es lo mejor que les puede pasar; es más, que tengan profesores diferentes, con otro orden en clase, con otra forma de ver las cosas, es riqueza para ellos. Siempre y cuando nuestro deseo no sea imponer nuestra forma sino educar. Aquí el reto, que yo mismo me planteo con frecuencia.
  5. Lo más básico en la escuela es aquello que crea estilo. Y sobre esos mínimos imprescindibles los acuerdos deben ser firmes. Estilo aquí significa ambiente, clima, lo que se respira sin conocer ni ver, lo que envuelve al alumno y lo forma decisivamente, lo que deja impronta. El estilo no condiciona el centro, lo determina y mueve en una dirección. Es un asunto primordial en el que participan todos los profesores, como agentes decisivos.

No sé, sigo pensando. Espero no estar demasiado equivocado, pero seguro que lo que he dicho no es, ni de lejos, toda la verdad.

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