Motivación en clase: algo más que un reto

Recuerdo que en otros tiempos, la motivación fue el tema casi principal de los cursos y talleres para maestros y profesores. Se escribían páginas de papel, se editaban libros, se proponía como elemento crucial de la revolución educativa. Y también se criticaba. A mí siempre me pareció un juego peligroso en el que no se terminaba de ver claro qué había que hacer, y se analizaba la escuela desde una perspectiva muy sesgada.

Independientemente de cómo el paso del tiempo influye en la reflexión pedagógica y cómo ciertas modas asaltan las aulas, me gustaría hacer una reflexión al respecto. Por motivación entiendo el dinamismo interno de una persona, lo que provoca su acción, su implicación, hasta el punto de hacer suyo el mundo que se le presenta y dar una respuesta a lo que sucede. Entonces una persona motivada es alguien con vida, a diferencia de cualquier pupitre de la clase, que seguirá estando ahí sin ningún tipo de dinamismo ni reflexión propia.

¿Cómo motivar?

Lo que queremos cuando pensamos en la educación es que los alumnos se muevan, que no permanezcan donde están. Aprender nos resitúa en el mundo de otra manera. En todo esto creemos que los conocimientos, las relaciones, las habilidades, las capacidades juegan un papel importante. Pero ninguna de ellas se adquiere sin un cierto concurso de la voluntad del alumno, del profesor, del entorno.

Motivaciones externas

Estas motivaciones mueven el mundo como si movieran una mesa o una silla en clase. La causa está fuera. Son efectivas, pero tienen sus limitaciones. Muchas veces se dice que el profesor es el responsable de la motivación en este sentido, sin reparar en el docente sólo actúa “desde fuera”.

  1. Premios y castigos.
  2. Control y seguimiento.
  3. Entorno agradable.
  4. Actividades llamativas.
  5. Cambios y novedades.

Motivaciones internas

La gran cuestión, a la que debe llevar la educación y por la que creo que esta palabra es realmente importante, es la motivación interna. Es decir, que el alumno se mueva a sí mismo, que adquiera dinamismo propio, que implique su voluntad, que haya compromiso por su parte en todo lo que es educación y educativo. Evidentemente los más pequeños de los alumnos comenzarán con motivaciones más externas; sin embargo, a medida que crecen deberíamos ir cambiando las exigencias de una hacia otra, dando mayor protagonismo y responsabilidad al propio alumno.

  1. Conocer el valor de la educación. ¿Por qué no preguntar a los alumnos para qué vienen a clase, cuál es su motivo, razón? ¿Tienen alguna meta en la que la educación juegue un papel relevante?
  2. Tomar parte en clase, participar. En ocasiones se plantea la clase de cada día como algo que sólo el profesor debe preparar. ¿Dónde queda la responsabilidad del alumno en que las cosas vaya bien?
  3. Sana autoestima y valoración. La adolescencia para muchos chavales es cruel en este sentido, porque es un tiempo de cambios profundos y necesidad de adaptación. Pero sabiéndolo, ¿qué hacemos y cómo preparamos este tiempo? ¿Cómo afrontar necesidades, cómo hacerla “saludable” sacándola de los limitados márgenes de la estética?
  4. Sentirse corresponsable con los compañeros. Algo determinante en educación es el clima que se genera en clase entre los mismos compañeros. Realidad que no se nos escapa a los profesores. Un clima de colaboración, de intercambio, de preocupación mutua resulta esencial. ¿Cómo se sitúan los alumnos ante esta realidad?
  5. Conocer debilidades y lo mejor. Faltan tiempos en educación dedicados a la antigua máxima socrática, para muchos principio de toda sabiduría: “Conócete a ti mismo”. Que no sea tratada ni como un juego, ni como algo superficial. Un conocimiento profundo de sí mismo, un examen personal del propio alumno. ¿No decimos que educar es, en cierto modo, sacar aquello que el joven lleva dentro?
  6. Autoevaluación contrastada. Ayudar en la percepción personal, en la revisión de la historia y el aprovechamiento del curso, más allá y no sólo con calificaciones. Una evaluación que ayude a ponerse de frente, a mirarse, a sincerarse. Y se pueda contrastar con un adulto que acompañe, respete, comprenda y también sirva de garantía.
  7. Nivel de exigencia personal. En esto, como en tantas otras cosas, se notan fuertes contrastes. Está el alumno que no se permite ningún fallo, con cierto exceso, y el alumno a quien todo le parece que va bien. Exigencia aquí significa voluntad por dar lo mejor.
  8. Orden personal y buenos hábitos de estudio. Estos hábitos, que siempre contemplamos como si fueran una suerte de artilugios, en realidad son una forma de ser, una forma de estar. Hábito de estudio y orden personal no es agenda, tampoco se trata de realizar tareas puntualmente, y mucho menos aprender a hacer esquemas y memorizar. Más bien al contrario, se trata de asumir la educación como la mejor manera de crecer en todo, hacerlo segunda naturaleza. Se tiene o no se tiene, se ha incorporado o no, pero no está a disposición un rato sí y otro no.
  9. Habilidades sociales adecuadas. Por lo dicho anteriormente respecto a los compañeros y al clima de clase, y también en el trato con profesores en todo momento, a saber comportarse, a saber dónde se está. Cuando un alumno no sabe dónde está, vienen los problemas. A nadie se le ocurre pensar que alguien se vaya a estudiar a la discoteca un sábado noche, y sin embargo no extraña tanto que un alumno vaya “de fiesta” a clase un martes por la mañana. Saber tratar a los demás con dignidad se puede ver como el reflejo de cómo alguien se trata y respeta a sí mismo, de su prudencia o imprudencia.
  10. Saber pedir ayuda. Porque en educación partimos de la ignorancia, del no saber, del tener que aprender cosas realmente complicadas. ¡Cómo no pedir ayuda!
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