De vencer el miedo a hablar, a vencer el miedo a pensar

No hace mucho que llegué a casa. Después de la jornada, una reunión para rematar el día, con gente estupenda. Lo mejor de algunas de estas reuniones es lo mucho que aprendo. Hoy, además, he tenido el lujo de volver a escuchar a uno de mis profesores de universidad. Estar con él pensando me provoca mucho agradecimiento y descubrir lo mucho que se puede crecer junto a personas grandes. Él dirá, dicho sea de paso, que no es nadie.

Muchas cosas han sido muy interesantes. Pero me quedo con una para hoy: facilitar espacios de diálogo, en el que las personas puedan hablar con libertad mostrando lo que piensan. Creo que es un signo indiscutible de los tiempos, una llamada ineludible en nuestras sociedades occidentales. Así al menos se interpreta de forma general. Me he vuelto pensando a casa esta cuestión.

Percibo, sin embargo, que junto a la libertad de palabra habría que volver a revisar la libertad de pensamiento, entendido como la búsqueda de la verdad. Puede ser que una de las situaciones de colapso se deban -espero que se comprenda bien, porque no hay mala intención en esto- a la burbuja de palabras y discursos, que ha causado una crisis de la reflexión, de la moderación y de la prudencia, del pensamiento pausado y de las reglas exigentes de esta tarea imprescindiblemente humana.

Es más, tantas palabras pueden ser en ocasiones un puro síntoma de la carencia del pensamiento que puede darles sustento y fuerza. Hablamos por hablar, con miedo a saber si estamos pensando algo concreto, algo verdadero, algo bueno. Y me parece que esto debe ser lo primero. No descartaría considerar que las personas huyen a través de sus palabras de la falta de seriedad de sus propios planteamientos, se escudan en frases hechas, que a la postre se convierten en sólidos prejuicios en forma de murallas defensivas cuando no de catapultas infernales, para impedir que se vea la debilidad de sus posturas, la fragilidad de sus preguntas y respuestas, la poca seriedad con la que se han tomado -y esto puede ser lo más grave de todo- su propia vida, la vida de los otros, el tiempo que nunca más pasa.

Por eso el título que he puesto. Creo que la primera parte está vencida, que hoy prácticamente nadie se escandaliza de lo que otros digan, porque vivimos acostumbrados a la generación continua de noticias y a la exageración permanente. Sin embargo, descubrirse pensando en algo serio, sí que da miedo; mirar de frente a la vida, provoca vértigo, cuando no angustia; afrontar con coraje lo que llevamos dentro, no es juego de niños ni mucho menos. Da miedo preguntarse si ahora, mientras escribo, estoy o no pensando algo que de verdad merezca la pena ser pensado.

Pensar, reflexionar, meditar… requieren silencio.

Yo también considero, para aquel que esté pensando esta objeción razonable, que muchas veces pensamos mientras hablamos. Pero no por lo que decimos, sino por lo que escuchamos.

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