Muchas divisiones separan a las personas entre sí. Algunas muy naturales, como las que permiten que hacen que el otro siga conservando su misterio, su identidad, su libertad, su palabra. Siempre pienso que ser únicos es una forma de frontera. Pero permite y requiere el encuentro. No nos damos cuenta de que existe hasta que no queremos a alguien y deseamos más que nada en el mundo llegar a su corazón. Entonces percibimos la dificultad de acercarnos, de estar al lado, de adentrarnos en un mundo ajeno al nuestro. 

Otras fronteras, que hemos creado, son absolutamente indignas. Son fronteras que nos aíslan, que rechazan al otro incluso en su necesidad, en su búsqueda de libertad, en su sed y hambre por la justicia y la dignidad. En el Mediterráneo murieron 3.771 personas el año pasado (que se hayan contado y encontrado), y no pocas de ellas nos mordieron el corazón con imágenes, testimonios, lamentos. Este mar, en otro tiempo motivo de encuentro, nunca fácil por intereses poco humanos, es hoy el lugar del mundo que sirve decididamente a la desigualdad más radical. No nos damos cuenta de lo que supone, pero es una especie de muro controlado que mantiene a raya a unos y otros en su lugar, que inmoviliza.

No digo que no haya peligros en el mundo, porque decir eso es de lo más ingenuo, ni tampoco que no haya que defender valores, principios y libertades de algún modo. Pero sirva este post para hablar de los que vienen huyendo, de los refugiados que buscan asilo, de las familias enteras que han sufrido el azote de la barbarie y nunca jamás, de ningún modo, podrán olvidarlo. Resulta lamentable comprobar que Europa, que Occidente en su conjunto hable con tanta grandilocuencia de su “progreso” sin compartirlo, sin ser solidario, sin escuchar a los más próximos, a los que llegan llamando a las puertas.