Los árboles no nos dejan ver el bosque

Encuentro muy sugerente una de las primeras reflexiones de Ortega y Gasset en Meditaciones del Quijote, en la que trata sobre “profundidad y superficie”. Para quien quiera leerla de primera mano es la segunda de la Meditación preliminar.

Esa diferencia potente entre lo que está latente y lo que está patente, como un juego de presencia y ausencia, resulta muy interesante para nuestros días. Así comienza él hablando, como si no hubiesen pasado los años. Pero lo que destacaría hoy es el comentario al respecto de los hombres superficiales:

“Algunos hombres se niegan a reconocer la profundidad de algo porque exigen de lo profundo que se manifieste como lo superficial. No aceptando que haya varias especies de claridad, se atienen exclusivamente a la peculiar claridad de las superficies. No advierten que es a lo profundo esencial el ocultarse detrás de la superficie y presentarse sólo a través de ella, latiendo bajo ella.

  1. Me agrada del texto el respeto por la profundidad, por una trascendencia no nombrada con acierto, que no se remite necesariamente al mundo de lo divino sino quizá de lo más humano. Una profundidad codiciada, como lo pueda ser la sabiduría. Una profundidad distante en cierto modo, que permanece velada y a la espera. A mí hay cosas en el mundo, en quien me rodea y en mí mismo que me dejan sin palabras y que causan una gran admiración, en su sentido más traumático. Quedarse mudo, quedarse sin razón ni razones, quedarse a oscuras y un tanto obnubilado, mover ficha en otra dirección poco segura, de más confianza que certeza, de más atrevimiento que decisión. El mundo me asombra en su capacidad de bien, pero me deja sin aliento cuando percibo su enorme maldad destructiva, hiriente, que avanza indiferente e impasiblemente ante el débil hasta acabar con él.
  2. Se diferencia de la superficialidad claramente, también en la actitud de quien busca. Dicho de otro modo, en cierta manera viene la profundidad se aleja de quien no mantiene una actitud adecuada ante ella, igual que el ser atrae el ser, el pensamiento al pensamiento. Lo profundo tratado por superficiales se hace igualmente superficial, viene a esconderse un poco más si cabe. Insisto mucho a mis alumnos en que hay cosas, realidades, presencias en el mundo ante las que no cabe una mirada plana salvo cuando se quiere traicionar o alguien pretende excusar su responsabilidad. No puedo decir del amor “esto es” al modo como sí es posible hacerlo con un bolígrafo, un árbol, o incluso el mar o el cielo. Queda negada la posibilidad de mostrar directamente cualquier vivencia interior, cualquier sentimiento, cualquier honda experiencia que cale y se haga historia. La historia, por ejemplo, nada tiene de superficial y queda ridícula cuando se explica de esa manera. A nadie se le puede escapar este dato esencial del mundo, que suprime el juicio tempranero del que dice saber siendo un ignorante. La complejidad de la vida es parte de su belleza, de su intensidad, de su misterio. Querer resolver este misterio, haciéndolo un problema, no habla de otra cosa que no sea la pequeñez que amenaza a toda persona incapaz de respetar y aceptar su propia grandeza. El misterio, una vez reconocido, se queda pasa siempre habitando la conciencia, el pensamiento, incluso el sentimiento y la emoción de cada cual, y volviendo más silenciosa la existencia charlatana y fugaz.
  3. Invitación a otro modo de estar y conocer. Pienso muchas veces esta cuestión en relación al conocimiento y a lo que decimos que sabemos. La opinión sigue siendo el dominio de quien sabe que busca, y opinión dialogada en caso de ser sabio, partiendo de sus preguntas. Se trata en definitivamente de esto, o al menos así lo leo yo. Es una invitación terrible a abandonarse hacia el mundo del sentido de las cosas, de la realidad, de la persona, de la historia, de todo y en todo. Dejar de mirar superficialmente y dotar de esa tercera dimensión de profundidad todo. Hermoso planteamiento que aquí se topa con su más inusitado remedio: que el sentido no se construye al modo como se cavan cimientos o se levantan casas; que el sentido, cuando se sale en su busca ardiente y sincera, aparece también ante la persona con capacidad de diálogo, a su manera, y se hace presente latiendo, o latiendo en lo presente.

El texto de Ortega continúa:

“Nada hay tan ilícito como empequeñecer el mundo por medio de nuestras manías y cegueras, disminuir la realidad, suprimir imaginariamente pedazos de lo que es.

Esto acontece cuando se pide a lo profundo que se presente de la misma manera que lo superficial.

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