Lo primero, alegrarme porque la educación sea noticia y tener la oportunidad de explicar algunas cosas. Quizá si la entrevista y declaraciones no hubiesen contenido la parte en la que habla del dinero (la retribución al profesor según la calidad y los objetivos que cumple) no estaríamos hablando de esto. Pero hoy he constatado que muchas personas han comentado, hecho preguntas y dialogado. Eso es interesante, siempre y cuando vaya centrado. El profesor Marina sabe, como filósofo que es, que una pregunta mal hecha es un verdadero desastre.

Mezclar dinero y educación significa querer comprar maestros y callarlos. Y sobre lo del “buen o mal” profesor, salvo los que brillan especialmente por uno u otro lado, no sabría decir mucho más. De nuevo, en lugar de reconocer el centro del asunto, su núcleo real, llegan con propuestas peregrinas que desenfocan, con malas preguntas, con sospechas que van calando en la gente… 

Mi respuesta confío en que sea clara, se entienda, y sirva para seguir dialogando:

  1. Antes de evaluar a un profesor, evalúen sus condiciones de trabajo dentro y fuera del aula. No da lo mismo un claustro que otro, ni un aula que otra, ni un día que otro, ni una hora que otra. A lo largo de mi semana entro en nueve grupos distintos (y no es un récord) y cada uno varía incluso dependiendo de la hora y de las circunstancias que rodeen la clase. Sin ir más lejos, ayer tenían examen y estaban muy inquietos; hoy era un día más normal y estaban estupendos. Pero no echaré balones fuera, porque el día que yo tengo seis horas de clase seguidas llego a la última también “inquieto”. Razonablemente “inquieto”, humanamente “inquieto”. Si vamos a aplicar estándares también en este punto, me parece de lo más precipitado. Generalizar resultaría poco menos que estúpido o propio de ignorantes. En educación no existen protocolos de actuación que reduzcan mi labor a dos o tres marcadores, sino una amalgama ingente de elementos conectados íntimamente con tantos otros. Como buen profesor que es, aunque no sé si sigue dando clase, sabe que un alumno cambia en función de sus compañeros, y si le pones incluso en otro sitio, responde de un modo diferente. A ver qué medimos, cómo lo medimos, y lo que más me preocupa, qué dejamos fuera de nuestros parámetros. Hacer plana esta realidad para poder numerarla y matematizarla resultaría empobrecedor en grado sumo.
  2. Dotar de materiales y medios. Ya no hablo del dinero que cobro como profesor, sino de los recursos de los que dispongo para hacer bien mi trabajo, su accesibilidad, su disponibilidad. La partida que se ofrece por aula desde la administración es ridícula en muchos casos para lanzar proyectos interesantes. Conozco centros en los que hay cuatro ordenadores para todo el profesorado, nada en las aulas. Otros con espacios reducidos, muy reducidos, donde variar la distribución del aula es fracamente imposible. Cuando un profesor saca adelante determinados proyectos un poco más exigentes siempre pone de lo suyo: recursos materiales, recursos humanos, tiempo incontable muchas veces, ideas, preocupaciones… Y a cambio recibe comentarios… Creo que entender esto bien es importante. Alguien me decía que ser profesor se parece mucho a anuncios que se ponen para ser repartidor: “Con moto”. En educación no somos pocos los que ponemos de lo nuestro para seguir adelante con la tarea, procurando innovar, procurando llegar a más. El día que se rompa mi portátil tendré que comprarme otro para seguir adelante.
  3. El dinero viene detrás del prestigio. Y el prestigio da calidad a la educación. Los maestros de antes se sentían valorados y aportaban valor. Hoy se pretende que ofrezcan valor para luego ser valorados. Dicho de otro modo, entran en una profesión sin un punto de partida elevado, sin gran consideración, sin gran estima. Salvo que hagas algo llamativo -de eso que llaman “innovar”- serás relegado a la masa amorfa; sólo quien destaca es valorado, pero quien cumple diariamente con su trabajo pasa como uno más entre muchos. Es una cuestión de prestigio social. Poco a poco se ha ido mermando su autoridad, su relevancia, su profesionalidad. Cuando salen los maestros en televisión habitualmente no suele ser muy positivo. El prestigio, el brillo de esta profesión y comunidad viene siendo mermado desde hace tiempo sin que se haya puesto verdadero remedio a las circunstancias. Personalmente nunca me he sentido amenazado en mi labor, aunque tampoco socialmente valorado, pese a saber lo importante que es mi tarea de cada día, que nada tiene que ver con fichas, ni máquinas, ni producción en serie. Conozco no pocos profesores que no intervienen de forma directa en circunstancias incluso claras porque eso les va a complicar la vida, porque van entendiendo poco a poco que eso no es lo suyo, porque el respaldo de la administración resulta insuficiente, porque han perdido herramientas para ello. Cuando muchos son los que dicen “sigue adelante, sin complicaciones”, eso no va bien. Y no hablo en este momento de dinero. Si me diesen más dinero me parecería lamentable reconocer que lo hago mejor.
  4. Muchos educadores se preguntan para qué sirve la educación. Este es un gran asunto, que convendría abordar con cordura e intensidad. Percibo que los grandes ideales de transformación social han dado paso a una educación del “sálvese quien pueda”. La presión laboral y profesional se nota -exagerando un poco, quizá o no- hasta en infantil. Los padres, que están sufriendo esta crisis, se preocupan por el trabajo de sus hijos y no por su felicidad, y la maquinaria escolar se pone a dispensar lo que ellos quieren escuchar. Nadie parece entrar en razón, nadie parece orientar esto de otro modo. Han desaparecido grandes preguntas al respecto: ¿Qué es la persona, hacia dónde va, qué busca, su felicidad? ¿Qué es la sociedad, la convivencia, el bien común? ¿Cómo hacer mejor el mundo? El pragmatismo se ha incrustado en el sistema ante la mirada impasible de personas como usted, que luego cambia de registro tan fácilmente en entrevistas, charlas o libros. ¿No hay que denunciar esto? ¿No hay que salir de las comprensiones planas, superficiales, infelices, insuficientes?
  5. Respecto a lo que cobra un maestro o profesor, decir que es no es mucho. Decir que es poco, dadas las circunstancias que vivimos, me da vergüenza. El problema en este sentido es que todos hemos perdido poder adquisitivo en nuestras sociedades, menos los que ya tenían mucho que aparecen una y otra vez en televisión con riquezas en aumento. La desigualdad no es un chiste. Y me parecería nefasto darle también entrada en las escuelas, entre los claustros, entre compañeros de equipo. En esta profesión debo mucho a quienes me han enseñado como amigos, como compañeros, como profesores que también se preocupan. ¿Todo se paga, señor Marina? ¿Todo se reduce a dinero? Qué pobre motivación nos ofrece, para atarnos más, para comprarnos como profesionales… Qué insulto motor de la educación propone, después de tantos libros escritos… Qué lamentable propuesta… En lugar de reconocimiento, y de ahí el replanteamiento económico, ofrece directamente dinero… Diga claramente si le parece que la educación es tarea menor, y en lugar de dar regalitos, reconozca abiertamente la complejidad de la tarea.

Sin más, pero viendo por dónde van los derroteros. Dinero, para comprar gente, para separarla, para dividir grupos, para frotarse las manos quienes más tienen, para controlar mejor, para silenciar, para buscar aplausos, para ganar adeptos…

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