Ir más allá de las cosas, demasiado rápido

Lamentablemente tendríamos que pensar lo contrario. Y comenzar a caminar “un poco más acá”, o al menos no ir tan rápido hacia esa “superación” de las cosas. Bien lo recuerda Kierkegaard al inicio de una de sus grandes obras. Algunos van demasiado deprisa, han corrido tanto que han pasado de largo por asuntos de crucial importancia. Dicho de otro modo, más infantil a lo mejor, no construir la casa por el tejado. Ante cimentar, asegurar. Y en eso pasar tiempo, dedicarle esmero y cuidado. De lo contrario, con prisas y a lo loco, en breve tendremos personas que deberán volver donde estuvieron para arreglar lo que dejaron sin hacer. Como niños que en sus ansias por jugar o salir, descuidan el orden en su habitación y sus padres le reprenden para que haga las cosas bien. Como en la vida no hay padres que puedan velar por tanto, o al menos así me lo parece, será la vida misma la que corrija ciertos rumbos.

Este “ir más allá”, tan trascendental pero que no hace referencia al “más allá”, indica una forma de vivir que se concreta en lo superficial. No es superación, como algunos piensan; la superación está muy anclada a la realidad. Los que “bregan” día a día pisan fuerte en el presente. El “ir más allá” refiere a lo aparente, a lo estético meramente, a la forma sin fondo, sin hondura, sin profundidad. No es sabiduría, sino charlatanería. Tampoco resuelve nada; a la larga, el olvido ahoga. No hay lucha, ni esfuerzo ético. Todo se basa en seguir adelante, como huyendo de lo que quizá hemos intuido y no queremos mirar de frente.

Sin excesivos lamentos, creo que hay una generación importante de niños deportados de su propia infancia, exiliados de su juventud, adultos que crecen al abrigo de lo que creen saber y no saben, y se imaginan el futuro para el signo de la omnipotencia. Un buen padre sabe que la vida no es un llano sendero siempre amigable, y por amor debe enseñar esta verdad a sus hijos, o mejor aún, debería dotarle de herramientas para escalar, sortear y mojarse. Qué mejor herencia que esa, que busca una vida preparada para buscar la felicidad.

En nuestras reflexiones algunas ocasiones nos lanzamos “demasiado rápido” y tenemos a cambio conclusiones apresuradas. No reparamos siquiera en que son poco imparciales, insuficientemente examinadas, escasamente prudentes. A esto se refiere en primera instancia Kierkegaard, a la necesidad de la duda a fondo, de la inquietud hasta el sobrecogimiento. Para no andar de puntillas con pies descalzos. Decía el filósofo danés que muchos pretenden que lo profundo -y tanto el bien, como la verdad, como la belleza, como la felicidad, como el amor, como la confianza, como uno mismo, como el otro, como la dignidad son temas profundos- se muestre como si fuera superficial. Y así no hay manera.

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